Fundación y naturaleza de la Iglesia
Muchos son los motivos de credibilidad por los cuales la verdad revelada aparece con toda certeza digna de fe. Entre ellos, la rapidísima propagación de la fe en el mundo pagano primitivo, venciendo dificultades humanamente insuperables. El número y la condición de las personas que difundan la buena nueva no parecen ser los motivos que expliquen exhaustivamente dicha propagación; menos aún, la permanencia intacta de la doctrina, a pesar de los mismos creyentes, hasta nuestros días.
El Concilio Vaticano II, en 1964, para ilustrar nuestra fe se propuso declarar con total precisión a los fieles y a todo el mundo la naturaleza sobrenatural y misión universal de la Iglesia: el misterio a través del cual Jesucristo se nos hace presente y nos salva.
I. Fundación de la Iglesia por Jesucristo
El pensamiento racionalista, durante el siglo XIX, forjó una idea de la Iglesia basada en prejuicios al decir que Jesucristo no fundó una sociedad visible, sino que tan sólo inició un movimiento religioso que, tras diversas vicisitudes, dio lugar a una lucha de dos corrientes opuestas: una judaizante partidaria de sus tradiciones (encabezada por San Pedro), y otra universalista dirigida por San Pablo. Más tarde se fundirían en la Iglesia Romana. Tuvieron los Apóstoles el acierto- dirán- de amoldar a las nuevas creencias las formas de la vieja sinagoga.
Sin embargo, consta de modo elocuente en la Sagrada Escritura que Jesucristo tuvo la intención de fundar la Iglesia: predicó la buena nueva, es decir, la llegada del reino de Dios, prometido desde siglos atrás en la Escritura. Y habló en parábolas a las turbas que le seguían para explicar la naturaleza de ese nuevo orden:
«El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que tomó en su mano un hombre y lo sembró en su campo.» (Mat. 13, 31).
Otras veces hablaba de una red, de la levadura que fermenta toda la masa, de un tesoro escondido o de una piedra preciosa…
Pero no se contentó Jesucristo con predecir la llegada de un reino de fe y caridad; quiso también precisar que ese reino estaba estructurado jerárquicamente, y para esto » después de haber hecho oración al Padre, llamando a los que quiso, eligió a doce para que viviesen con El y para enviarlos a predicar el Reino de Dios» (cfr. Marc., 3, 13).
La tradición viva de la Iglesia y el Magisterio han presentado sin interrupción este origen divino como objeto de nuestra fe. He aquí una síntesis de sus afirmaciones: Cristo fundó la Iglesia (Concilio de Florencia, en 1439, D. 703; Concilio Vaticano I en 1870, D.1793), consciente (San Pío X en el decreto «Lamentabili» de 1907, D. 2.052 y ss.) y libremente ( León XIII en la encíclica «Satis cognitum», de 1896, D. 1954) y de una manera próxima y directa (León XXIII en el Motu propio «Sacrorum Antistitum«, de 1910, D. 2145). Y en consecuencia así lo resumen los dos Concilios Vaticanos:
» Así, pues Cristo, en cumplimiento de la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio y con su obediencia realizó la redención. La Iglesia o reino de Cristo presente actualmente por el poder de Dios, crece visiblemente en el mundo» (Concilio Vaticano II, L. G; número 3).
«y para convertir en perenne la obra saludable de la redención decretó edificar la Santa Iglesia en la que, como en casa de Dios vivo, todos los fieles estuvieran unidos por el vínculo de la caridad y de una sola fe»( Concilio Vaticano I, cons. dogm. «Pastor Aeternus», prol.).
Más en particular, la Iglesia ha visto especialmente en la Cruz su propio nacimiento del costado de Jesucristo.
Jesús, después de la resurrección, entregó a los Apóstoles el poder que les había prometido:
«Como mi Padre me envió, así os envío también a vosotros. Dichas estas palabras – escribe San Juan – sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonareis los pecados, le serán perdonados, y a los que se los retuviereis, les serán retenidos» (Juan 20, 21-23).
Y unos momentos antes de su Ascensión les encargó:
«Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a todas las criaturas» (Marc. 16, 15). «Instruid a todas las naciones bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todas las cosas que yo os he mandado» (Mat. 28, 19-20).
Es, pues, cosa manifiesta que Jesús dio a los Apóstoles el encargo de bautizar, de predicar, de celebrar la Santa Misa y de confesar, confiriéndoles una misión especial que se extendía a todos los países y a todos los tiempos. A esa misión conferida a los Apóstoles corresponde en los fieles una grave obligación: » El que creyere y fuera bautizado se salvará, pero el que no creyere se condenará» (Marc. 16, 16).
El encargo hecho a los Apóstoles en beneficio de las almas es la última palabra de Jesús antes de su Ascensión a los cielos: su Testamento. Tal encargo pasó a hacerse efectivo en el día de Pentecostés, cuando los Apóstoles, revestidos por la fuerza sobrenatural del Espíritu Santo, salieron del Cenáculo para dar cumplimiento a su misión. Todos se esparcieron por el mundo; Pedro, primero obispo de Antioquía y más tarde de Roma, fue la cabeza de la Iglesia. Estallaron las persecuciones, y murieron víctimas de ellas Pedro y Pablo en el año 67 después de Jesucristo. pero la sangre de los mártires, como diría Tertuliano, era semilla de nuevos cristianos.
2. Naturaleza de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo
La Iglesia es una realidad que, encontrándose presente en este mundo, al mismo tiempo lo trasciende, va más allá de él: es un misterio del amor de Dios que sólo la revelación puede alumbrar. Por eso, la Sagrada Escritura, con un lenguaje accesible a todos los hombres, nos muestra su naturaleza mediante diversas figuras: como redil cuya puerta es Cristo, y un rebaño que tiene por pastor a Dios y a Jesucristo, que dio su vida por las ovejas; como campo y viña del Señor; como edificio cuya piedra angular es Cristo, que tiene a los Apóstoles como fundamentos y en la que los fieles realizan la función de piedras vivas. Del mismo modo que el alma es para el cuerpo el principio de vida, en la Iglesia, «sociedad visible e invisible», el Espíritu Santo es común a la cabeza y a los miembros, comunicando a todos los miembros de ese Cuerpo místico la misma vida de Jesucristo, a través de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía, que es fuente de vida sobrenatural.
Esta doctrina, recordada por el Concilio Vaticano II (Cfr. L. G. n. 7), se expresa en una verdad que repetimos en el Credo y que Pablo VI recoge en su Profesión de fe de 1968:
«Creemos en la comunión de todos los fieles de Cristo, de los que aún peregrinan en la tierra, de los difuntos que cumplen su purificación, de los bienaventurados del Cielo, formando todos juntos una sola Iglesia, y creemos que en esta comunión el amor misericordioso de Dios y de los Santos escucha siempre nuestras plegarias.»
Esta creencia nos lleva a una práctica de ordinaria administración: la petición a Jesucristo y a los fieles de la Iglesia triunfante por el Romano Pontífice como vicario de Cristo en la tierra, por el resto de la jerarquía y por todos los fieles. Del mismo modo confiamos en la eficacia de nuestra oración y obras meritorias ofrecidas en sufragio de los fieles que aún se purifican en el Purgatorio, de las penas debidas por sus pecados ya perdonados 1.
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1 Acerca de la Iglesia Militante (en la tierra), Purgante (en el Purgatorio) y Triunfante (en el cielo), cfr. Tema 28.
Hay entonces comunicación — comunión— con la persona de Jesucristo, especialmente al recibirle en la Eucaristía, y comunión real de Méritos y oraciones con todos los miembros de la Iglesia. Jesús, al enseñarnos a orar, no dijo «el pan mío», sino «el pan nuestro de cada día», para que atendamos por igual al bien de todos y no al exclusivo de cada uno.
3. La Iglesia es el Pueblo de Dios
Aunque teóricamente podemos pensar en un individuo aislado — como el personaje de Robinson Crusoe —, existencialmente tal individuo no se concibe si no es incluido en un grupo social natural como la sociedad y espiritual como la Iglesia. Todos los cristianos formamos el Cuerpo Místico de Cristo, realidad visible e invisible, que en su aspecto visible está constituido a modo de pueblo santo que
«tiene por cabeza a Cristo y cada uno de sus miembros participa de la dignidad y libertad de los hijos de Dios; tiene como ley la caridad y como fin el Reino de Dios. Aunque, naturalmente , no incluye todavía a los hombres y parezca una grey pequeña, es para todo el género humano un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación (Concilio Vaticano II, L. G. n. 9).
Este concepto de Pueblo de Dios, sin agotar toda la realidad de la Iglesia, es el que expresa de forma más aproximada el aspecto externo de su compleja naturaleza. Implica un aspecto social, histórico y apostólico de la Iglesia.
En ocasiones encontramos personas que afirman creer en Dios, pero no en la Iglesia; no han captado la trascendencia de la voluntad fundacional de Jesucristo. La presencia histórica del Pueblo de Dios (Iglesia) no sería tal si no apareciera bajo una forma concreta, organizada en este mundo como una sociedad, gobernada por el Papa y los Obispos, sin que sea posible una disociación entre el aspecto místico, social y jurídico.
La Iglesia, en cuanto Pueblo de Dios, se nos aparece como una comunidad de creyentes en Cristo que viven una misma fe, participan de unos mismos sacramentos, tienen un mismo origen y caminan hacia el mismo destino. Además es un instrumento de salvación, una institución permanente , mediante la cual los hombres se salvan. Esto quiere decir que la Iglesia, por naturaleza, se estructura históricamente como una sociedad organizada jurídicamente ,
«visible, religiosa, con los poderes propios de una sociedad perfecta y soberana, con leyes propias, con autoridades propias, con medios y fines propios. Esta es una verdad fundamental en la doctrina católica que tiene sólidas y claras raíces en el Nuevo Testamento, y una realidad evidente en la historia de la Iglesia» (Pablo VI, Aloc. 26, V, 1966).
¿Por qué es una verdad tan fundamental? Porque Dios quiere nuestra salvación a través de la Iglesia y de los pastores, que la dirigen y nos orientan. Según los protestantes y el individualismo, la Iglesia sería una entidad puramente espiritual, y la religión, el contacto personal del alma con Dios (o del corazón, si se reduce la religión al mero sentimiento religioso). La Iglesia, por el contrario, al tener un aspecto espiritual y uno visible, demuestra más claramente la omnipotencia y misericordia de Dios, quien se ha adaptado a la limitada capacidad de los hombres . Si los hombres hubieran sido ángeles, entonces la Iglesia sí hubiera sido toda «espiritual». Pero como se trata de llevar la gracia obtenida por Jesús a los hombres de carne y hueso, la Iglesia tenía que ser visible en su estructura y elementos e invisible en la eficacia sobrenatural que obra en las almas.
Bueno será recordar con el Concilio Vaticano II que esta Iglesia es única, la Iglesia católica, completamente necesaria para la salvación:
«El Sagrado Concilio…, fundado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación. El único Mediador y camino de salvación es Cristo, quien se hace presente a todos nosotros en su cuerpo que es la Iglesia. Él mismo, al inculcar, con palabras explícitas la necesidad de la fe y el bautismo (Cf. Marc. 16, 16, Juan, 3, 5), confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta. Por lo cual no podrán salvarse aquellos hombres que, conociendo que la Iglesia católica fue instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, se negasen a entrar o a perseverar en ella» (Concilio Vaticano II, L. G. n. 14).
Sin embargo, la Divina Providencia, no negará oportunamente los auxilios necesarios para la salvación a quienes, sin culpa suya—esto es, con total sinceridad— ignoran el Evangelio, la Iglesia o al verdadero Dios y se esfuerzan por llevar una vida recta, de acuerdo con su conciencia, aunque para ellos la salvación sea objetivamente más difícil que para los que hemos recibido la gracia de creer y de pertenecer a la Iglesia católica 2.
Es, sin embargo, un axioma entre los doctores de la Iglesia que «Dios no niega su gracia, a quien hace cuanto puede», y es doctrina de Santo Tomás que si algún hombre observa la Ley Natural y busca a Dios con todo corazón, Dios mandará a alguien que le instruya. esta opinión es del todo conforme con la misericordia de Dios.
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2. San Pablo es muy explícito: «Sin fe, es imposible agradar a Dios. Por cuanto el que llega a Dios debe creer que Dios existe y que es remunerador de los que le buscan» (Hebr. 11,6). De aquí se deduce que para salvarse es necesario conocer al menos la existencia de un Dios remunerador.
Podemos, pues, concluir que Dios provee de suerte que ilustra a los hombres rectos a fin de que se conviertan a El y deseen hacer todo cuanto sea necesario para salvarse. En este acto se en encuentra la fe sobrenatural y el bautismo de deseo, indispensables para entrar en el cielo. En tal sentido el camino de la salvación permanece abierto a los mismos infieles.
4. ¿Qué decir de otras confesiones cristianas?
Estas son: Las Iglesias protestantes, las cismáticas, la Iglesia anglicanas y la Iglesia griega.
El Concilio Vaticano II afirma que, aunque la Iglesia fundada por Jesucristo es única, sin embargo,
«fuera de su estructura se encuentran muchos elementos de santidad y verdad que como bienes propios de la Iglesia de Cristo impelen hacia la unidad católica» (Concilio Vaticano II, L. G. n. 8).
Puede ser conveniente recordar brevemente la historia de cada una de estas confesiones cristianas:
a) El protestantismo.
En el siglo XVI, la Iglesia se encontraba aquejada por muchos males y el mal ejemplo de parte del clero. Martín Lutero, religioso agustino, se levantó no sólo contra los abusos, sino contra la misma Iglesia (no había captado que lo visible de la Iglesia – aún con evidentes defectos- es vehículo para la acción de Dios y propagación de su doctrina) iniciando una reforma que discurrió por los cauces de la rebeldía. Lutero empezó impugnando los abusos cometidos en la predicación de las indulgencias, manejadas como si fuesen mercancía humana, y acabó negando valor de los votos hechos a Dios, la existencia del Purgatorio, la intercesión de los santos y, finalmente, los sacramentos y muchos dogmas.

Cuando León X condenó su doctrina, negó toda autoridad pontificia, episcopal y sacerdotal, diciendo que el Papa era el Anticristo, y declaró que la Sagrada Escritura era la única autoridad con la que el cristiano podía alimentar su fe, mediante la libre interpretación de la misma.
Lutero halló en Alemania un terreno abonado por los evidentes abusos de los eclesiásticos y encontró apoyo en los príncipes teutones, a quienes halagaba una doctrina que les permitía usurpar los bienes eclesiásticos y alentaba en ellos la esperanza de poder declararse independientes del Emperador católico Carlos V.
b) El cisma griego.
Tuvo su origen en la ambición de los emperadores y obispos bizantinos. Después que Constantinopla se hubo convertido en capital del Imperio, los prelados de aquella ciudad empezaron a encontrar demasiado humilde y sencillo el título de obispo. Ya en el concilio celebrado en Constantinopla, el año 381, el obispo de una ciudad se hizo llamar Patriarca y logró que le fuese señalado el primer lugar entre los patriarcas, después del Papa. Sus sucesores extendieron su jurisdicción a todas las provincias del imperio griego, y adoptaron el título de Patriarca ecuménico universal, al que contrapuso el Papa Gregorio Magno la denominación de «Siervo de los siervos de Dios», que se mantiene hasta nuestros días. Sostenidos por los emperadores, los obispos de Constantinopla no esperaban más que un pretexto para negar al papa Primado universal sobre toda la Iglesia y adjudicárselo a sí mismos. El pretexto fue hallado por Focio, quien acusó de herejía a la Iglesia de Roma por haber añadido al símbolo de Nicea la palabra «Filioque» (año 867). Se pretendió que la Iglesia romana había perdido sus derechos por haber caído en herejía. Se consumó el cisma, pasando a ser definitivo, por obra de Miguel Cerulario hacia el año 1050.
c) El cisma anglicano.
Debe su origen al rey Enrique VIII quien, habiendo pedido en vano a la Santa Sede la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón para desposarse con Ana Bolena, llevó adelante, a pesar de todo, su pretendido matrimonio, proclamando el cisma y persiguiendo a los católicos con la muerte y el destierro. La Historia refiere que la misma Ana Bolena fue llevada al patíbulo pasados tres años, y que una suerte semejante encontraron las cuatro mujeres que tuvo: fueron muertas o repudiadas. Como dato paradójico interesa conocer que Enrique VIII, antes de proclamar el cisma, y como recompensa a un libro que había escrito contra Lutero, había recibido del papa el título de «Defensor de la Fe», que lleva todavía el rey de Inglaterra. Mientras vivió Enrique VIII, la Iglesia Anglicana no disintió sustancialmente de la Iglesia Católica, exceptuando el fundamental punto relativo a la supremacía del Papa; pero no tardaron en difundirse por Inglaterra algunos errores luteranos y calvinistas. Esta Iglesia conserva la jerarquía episcopal, y reconoce como jefe al rey; pero las ordenaciones anglicanas son inválidas.
5. Las notas de la verdadera iglesia
Todos los símbolos de fe confiesan la existencia de unas notas características de la Iglesia de Jesucristo, por las que puede ser reconocida por todos como depositaria auténtica y exclusiva de la palabra revelada en la Sagrada Escritura.
Hay en el mundo varias sociedades que se dicen cristianas, pero ¿cuál de ellas es la verdadera Iglesia? El Evangelio indica algunas notas características que no pueden faltar a la Iglesia. El mismo Jesús las señaló. Son la unidad, la santidad, la catolicidad y la apostolicidad 3. De entre las distintas Iglesias es verdadera la que es una, santa, católica, apostólica.
Contemplaremos que Jesús asignó estas notas a su Iglesia y que solamente la Iglesia Católica las posee todas a diferencia de las otras Iglesias cristianas.
- º La unidad.
Quiso Jesús que su Iglesia fuera una. Efectivamente, nunca habla de las iglesias o de sus iglesias, sino de la Iglesia y de su Iglesia.
El dio a su Iglesia un vínculo común de fe y de bautismo , la confió a un solo Jefe y rogó en la Última Cena para que los fieles sean una sola cosa, como lo es El con el Padre. La verdadera Iglesia debe tener entonces la unidad como característica: la unidad de doctrina, la unidad de Sacramentos y la unidad de reunión bajo una sola cabeza. Ahora bien, la Iglesia católica es la única que cuenta, precisamente con unidad de doctrina, unidad de sacramentos y unidad de reunión bajo una sola cabeza. Los protestantes, en virtud del libre examen, cuentan con multitud de sectas y, propiamente hablando, carecen de sacramentos y de jefe. Los cismáticos griegos, aunque tienen unidad de doctrina, carecen de unidad en torno a una sola cabeza, a quien obedecer como verdadero sucesor de San Pedro.
2. º La santidad.
Quiso Jesús que su Iglesia fuese santa, esto es, quiso santificar por medio de la Iglesia a todos los hombres, prometiendo que confirmaría la santidad de sus discípulos con milagros y con dones extraordinarios (Juan, 14, 12; Marc, 16, 17). por esto sólo será ente las iglesias cristianas la Iglesia verdadera aquella que pueda gloriarse de contar con santos que hayan sido heroicos en virtud y hayan obrado milagros. Tal es la Iglesia Católica. Al contrario , las iglesias separadas no han sido fecundas en santos, no han dado nacimiento a nuevas formas de espiritualidad, no han mantenido la integridad de la doctrina, y carecen asimismo de divino sello de los milagros.
3.º La catolicidad.
Quiso Jesús que la Iglesia fuese católica o universal, enviando a los Apóstoles a predicar a todos los pueblos hasta los últimos confines de la tierra ( Hech., 1,8) Por consiguiente , entre las iglesias cristianas será verdadera aquella que, manteniéndose una en sí misma, cuente con mayor catolicidad en cuanto al número. No son, pues, la verdadera Iglesia las iglesias nacionales, tales como la Iglesia gregocismática, la Iglesia rusa o la Iglesia anglicana. La Iglesia Católica envía a sus misioneros por todo el mundo. Solamente ella cuenta con un número de fieles mayor que los pertenecientes a las demás iglesias cristianas y está realmente extendida por los cinco continentes .
4.º La apostolicidad.
Quiso Jesús que su Iglesia fuese apostólica. La fundó sobre los Apóstoles y a ellos dio el encargo de predicar (Mat. 28, 16) y les prometió su asistencia hasta el fin del mundo. Será por tanto, verdadera aquella Iglesia que cuente con la apostolicidad del ministerio, o sea, con pastores que provengan de los Apóstoles, y con la apostolicidad de la doctrina. Tal es la Iglesia católica. El Protestantismo no se deriva de los Apóstoles, sino de Lutero y de Calvino, así como el anglicanismo se deriva de Enrique VIII. Las iglesias cismáticas perdieron formalmente la apostolicidad al divorciarse de los legítimos sucesores de los Apóstoles.
6. La indefectibilidad de la Iglesia
La indefectibilidad de la Iglesia significa que ésta tiene carácter imperecedero, es decir, que durará hasta el fin del mundo, e igualmente que no sufrirá ningún cambio sustancial en su doctrina, en su constitución o en su culto 4.
El Concilio Vaticano Ie atribuye a la Iglesia «una estabilidad invicta», y dice de ella que, «edificada sobre una roca, subsistirá firme hasta el fin de los tiempos» (D. 1824).
Impugnaron la indefectibilidad de la Iglesia los reformadores protestantes, que aseguraban que la Iglesia había caído en múltiples corrupciones bajo el poder de los Papas y que se precisaba una reforma sustancial en la vida, doctrina y organización de la Iglesia. La han negado recientemente los «modernistas» que sostienen que la Iglesia precisa de una evolución sustancial en sus fines y en su organización para dejar de ser una institución jerárquica y convertirse en una sociedad eminentemente carismática o espiritual. Todos estos errores han sido, una y otra vez, condenados por la Iglesia.
La razón de la indestructibilidad de la Iglesia está en su íntima y sustancial unión con Cristo, que es su fundamento primario. Jesús edificó su Iglesia sobre roca viva y le hizo la promesa de que los poderes del infierno jamás podrían contra ella (Mat, 16, 18). Antes de subir a los cielos prometió a los suyos que les enviaría el Espíritu Santo para que les enseñase toda la verdad (Juan, 14, 16), y cuando les envió a predicar por todo el mundo les aseguró que Él estaría siempre con ellos todos los días hasta el fin del mundo (Mat, 28, 20).
En el pasado la Iglesia dio muestras de su invencibilidad resistiendo inconmovible todos los embates de las persecuciones y de las herejías. La fe nos atestigua que esta firmeza en su constitución y en su doctrina durará siempre «hasta que El venga» (1 Cor 11, 26).
3. Estas cuatro notas son ya atribuidas a la Iglesia en el Símbolo Niceno-constantinopolitano, llamado así por haber sido compuesto en el Concilio de Nicea, el año 325, y completado en el Concilio de Constantinopla, el 381, en el cual se dice: «Creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica «. Se suele añadir también la nota de «Romana» por ser Roma el lugar en que está la tumba de San Pedro, y la residencia de sus sucesores, los Papas.
4. Cfr. L. Orr: Manual de teología dogmática, Herder, Barcelona, 1969, pág. 448 y ss.
*fuentes:
«Las Verdades de la Fe», El Dogma Católico.
Julio Bonatto.










