La crisis de la Iglesia

Robert Sarah

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LA CRISIS DE LA IGLESIA

NICOLAS DIAT: ¿Se puede decir que existe una crisis de la Iglesia?

CARDENAL ROBERT SARAH: Visto con una mirada superficial y centrada en lo externo, hablar de una crisis de la Iglesia podría resultar sorprendente. Desde una perspectiva humana, el cristianismo se halla en plena expansión en determinadas partes del mundo. Pero yo no quiero hablar de la Iglesia como de una empresa cuyos resultados se miden en cifras. La crisis que vive la Iglesia es mucho más profunda: es como un cáncer que va corroyendo el cuerpo por dentro. Muchos teólogos como Henri de Lubac, Louis Bouyer, Hans Urs von Balthasar y Joseph Ratzinger han analizado por extenso esta crisis. Yo solo soy su humilde eco, el continuador de su análisis.

El síntoma más alarmante es, sin duda, el modo en que los hombres y las mujeres que se declaran católicos eligen las verdades del Credo. A ello se refería Joseph Ratzinger con estas palabras durante una conferencia pronunciada en Munich en 1970: «Lo que antes era inconcebible, es hoy algo normal; personas que desde hace tiempo habían abandonado el credo de la Iglesia se consideran de buena fe como auténticos cristianos progresistas. Según estos, el único criterio para juzgar a la Iglesia es su eficiencia». En amplios sectores de la Iglesia se ha perdido el sentido de la objetividad de Dios. Cada uno parte de

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su propia experiencia subjetiva y se hace una religión a su medida. ¡Qué gran desgracia! Cada uno quiere construir su Iglesia, adaptada a su talla y a sus criterios. Pero una empresa así no le interesa a nadie. A los hombres les trae sin cuidado una Iglesia reducida a un partido, un club o una sociedad de pensamiento. De este tipo de instituciones humanas ya estamos sobrados. La Iglesia solo tiene interés porque es la Iglesia de Jesucristo, en la que Él se dona y me provoca asombro.

En su Informe sobre la fe escribía el cardenal Ratzinger: «Es necesario recrear un clima auténticamente católico, encontrar de nuevo el sentido de la Iglesia como Iglesia del Señor, como espacio de la presencia real de Dios en el mundo. Es el misterio de que habla el Vaticano II con palabras terriblemente comprometedoras, en las que resuena toda la Tradición católica: “La Iglesia o reino de Cristo, presente actualmente en misterio”» (Lumen gentium, n. 3).

La pérdida de esa mirada de fe sobre la Iglesia es el origen de todos los síntomas de la secularización. El activismo corroe la oración, la auténtica caridad se transforma en una solidaridad humanitaria, la liturgia queda a merced de la desacralización, la teología se convierte en política, hasta la noción de sacerdocio entra en crisis. La secularización es un fenómeno terrible. ¿Cómo lo podríamos definir? Se puede decir que consiste en una ceguera voluntaria. Los cristianos deciden no dejarse iluminar más por la luz de la fe. Deciden sustraer a esa luz una parte de la realidad, luego otra… Deciden vivir en tinieblas. Ese es el mal que corroe a la Iglesia. Decidimos prescindir de la luz de la fe en la práctica y también en la teoría. Hacemos teología tratando a Dios como una mera hipótesis racional. Leemos las Escrituras como un libro profano, y no como la palabra inspirada por Dios. Organizamos la liturgia como un espectáculo, y no como la renovación mística del sacrificio de la cruz. Llegamos hasta el

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extremo de que los sacerdotes y los consagrados viven de un modo meramente profano. Muy pronto hasta los cristianos vivirán «como si Dios no existiera».

«Se hace cada vez más borroso el rostro de Dios. “La muerte de Dios” es un proceso totalmente real, que se instala hoy en el mismo corazón de la Iglesia. Dios muere en la cristiandad, así al menos parece», escribía consternado Joseph Ratzinger en su discurso del 4 de junio de 1970 en la Academia Católica de Baviera. En la esencia de la crisis de la Iglesia, la fe se convierte en una realidad engorrosa hasta para los propios cristianos. «De esta manera —dice el papa Francisco— la fe ha acabado por ser asociada a la oscuridad. Se ha pensado poderla conservar, encontrando para ella un ámbito que le permita convivir con la luz de la razón. El espacio de la fe se crearía allí donde la luz de la razón no pudiera llegar, allí donde el hombre ya no pudiera tener certezas. La fe se ha visto así como un salto que damos en el vacío, por falta de luz, movidos por un sentimiento ciego; o como una luz subjetiva, capaz quizá de enardecer el corazón, de dar consuelo privado, pero que no se puede proponer a los demás como luz objetiva y común para alumbrar el camino. Poco a poco, sin embargo, se ha visto que la luz de la razón autónoma no logra iluminar suficientemente el futuro; al final, este queda en la oscuridad, y deja al hombre con el miedo a lo desconocido. De este modo, el hombre ha renunciado a la búsqueda de una luz grande, de una verdad grande, y se ha contentado con pequeñas luces que alumbran el instante fugaz, pero que son incapaces de abrir el camino. Cuando falta la luz, todo se vuelve confuso, es imposible distinguir el bien del mal, la senda que lleva a la meta de aquella otra que nos hace dar vueltas y vueltas, sin una dirección fija. Por tanto, es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y

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es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios» (Lumen fidei, 3-4).

Cuando se habla de una crisis de la Iglesia, es importante precisar que, como Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia sigue siendo «una, santa, católica y apostólica». La teología, la enseñanza doctrinal y moral permanecen inalterables, inmutables e intangibles. La Iglesia, que es continuación y prolongación de Cristo en el mundo, no está en crisis. Posee las promesas de la vida eterna. Las puertas del infierno jamás prevalecerán contra ella. Sabemos, creemos firmemente que en su seno habrá siempre luz suficiente para quien quiere buscar sinceramente a Dios.

La llamada de san Pablo a Timoteo, su hijo en la fe, nos concierne a todos: «Te ordeno en la presencia de Dios, que da vida a todo, y de Cristo Jesús, que dio el solemne testimonio ante Poncio Pilato […]: guarda el depósito. Evita las palabrerías mundanas y las discusiones de la falsa ciencia; algunos que la profesaron se han apartado de la fe» (1 Tm 6, 13.20-21).

La fe continúa siendo un don divino sobrenatural. Somos nosotros, los bautizados en la muerte de Cristo, los que nos negamos a que nuestros pensamientos, nuestras obras, nuestra libertad y toda nuestra existencia sean iluminadas y guiadas en todo momento por la luz de la fe que profesamos. Existe una trágica dicotomía y una incoherencia dramática entre la fe que profesamos y nuestra vida concreta. En una carta entresacada de su correspondencia, incluida en el volumen Combat pour la vérité, George Bernanos escribía: «Dicen que son ustedes las piedras del templo que llaman Dios, conciudadanos de los

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santos, hijos del Padre celestial. ¡Admita usted que, a simple vista, no siempre lo parece!».

Hoy la crisis de la Iglesia ha entrado en una nueva fase: la crisis del magisterio. Lo cierto es que el auténtico magisterio, en tanto función sobrenatural del Cuerpo místico de Cristo, protegido y guiado de un modo invisible por el Espíritu Santo, no puede estar en crisis: la voz y la acción del Espíritu Santo son constantes y la verdad hacia la que nos conduce es firme e inmutable. El evangelista Juan nos dice: «Cuando venga Aquel, el Espíritu de la verdad, os guiará hacia toda la verdad, pues no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que oiga y os anunciará lo que va a venir. Él me glorificará porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso dije: “Recibe de lo mío y os lo anunciará”» (Jn 16, 13-15).

No obstante, hoy reina una auténtica cacofonía entre las enseñanzas de los pastores, los obispos y los sacerdotes, que parecen contradecirse. Cada uno impone su opinión personal como si fuera una certeza. De ahí nace una situación de confusión, ambigüedad y apostasía. En el espíritu de muchos fieles cristianos se han inoculado una enorme desorientación, un profundo desarraigo e incertidumbres destructivas. El filósofo Robert Spaemann expresaba claramente ese desarraigo valiéndose de una cita extraída de la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios: «Y si la trompeta da un toque confuso, ¿quién se preparará para el combate?» (1 Co 14, 8).

Aun así, sabemos bien que el magisterio sigue siendo la garantía de la unidad de la fe. Nuestra capacidad de recibir la enseñanza de la Iglesia con el espíritu del discípulo, dócil y humildemente, es la auténtica señal de nuestro espíritu de hijos de la Iglesia. Por desgracia, algunos de los que deberían transmitir la verdad divina con una precaución infinita no dudan en mezclarla con las opiniones de moda, incluso con las

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ideologías del momento. ¿Quién es capaz de discernir? ¿Quién puede hallar un camino seguro en medio de tanta confusión?

En su Commonitorio san Vicente de Lérins nos ofrece luces muy valiosas a propósito del progreso o de los cambios en la fe: «¿Ningún progreso de la religión es entonces posible en la Iglesia de Cristo? Ciertamente que debe haber progreso. ¡Y grandísimo! ¿Quién podría ser tan hostil a los hombres y tan contrario a Dios que intentara impedirlo? Pero a condición de que se trate verdaderamente de progreso por la fe, no de modificación. Es característica del progreso el que una cosa crezca, permaneciendo siempre idéntica a sí misma; es propio, en cambio, de la modificación que una cosa se transforme en otra. Así pues, crezcan y progresen de todas las maneras posibles la inteligencia, el conocimiento, la sabiduría, tanto de la colectividad como del individuo, de toda la Iglesia, según las edades y los siglos; con tal de que eso suceda exactamente según su naturaleza peculiar, en el mismo dogma, en el mismo sentido, según una misma interpretación […]. Nuestros padres, en el pasado, han sembrado en el campo de la Iglesia el buen grano de la fe; sería por demás injusto e inconveniente si nosotros, sus descendientes, en lugar del trigo de la auténtica verdad tuviésemos que recolectar la cizaña fraudulenta del error. En cambio, es justo que la siega corresponda a la siembra y que recojamos, cuando el grano de la doctrina llega a la madurez, el trigo del dogma. Si con el paso del tiempo, una parte de la semilla original se ha desarrollado alcanzando felizmente la plena madurez, no se puede decir que haya cambiado el carácter específico de la semilla».

Querría suplicar a los obispos y a los sacerdotes que cuiden la fe de los fieles. No nos fiemos de unos cuantos comentarios subidos deprisa y corriendo a Internet por supuestos expertos. Recibir el magisterio, interpretarlo desde una hermenéutica de la

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continuidad lleva su tiempo. No nos dejemos imponer el ritmo de los medios, tan dispuestos a hablar de cambios, giros drásticos o revoluciones. El tiempo de la Iglesia es un tiempo prolongado. Es el tiempo de la verdad contemplada que da todo su fruto si se le permite germinar despacio en la tierra de la fe. «En virtud de la naturaleza misma de la especie humana — escribía en 1864 el cardenal John Henry Newman en El desarrollo del dogma cristiano—, las verdades más elevadas y más espléndidas, incluidas las comunicadas a los hombres de una sola vez por maestros inspirados, no pueden ser comprendidas de golpe por quienes las reciben, porque, al ser recibidas y transmitidas por mentes no inspiradas y por medios humanos, requieren tiempo y una reflexión más profunda para ser plenamente discernidas».

Cuando la tempestad azota con violencia a una nave, es importante arrimarse a lo que es estable y sólido. No es el momento de lanzarse detrás de las novedades de moda que corren el peligro de desvanecerse antes de haber podido tocarlas siquiera. Hay que seguir el rumbo sin desviarse, esperar a que se despeje el horizonte. Me gustaría decirles a los cristianos: ¡no os inquietéis! En vuestras manos está el tesoro de la fe de la Iglesia. Lo habéis heredado de siglos de contemplación, de la enseñanza constante de las papas. De él se puede alimentar vuestra vida de fe sin ningún temor.

¿Se remonta esta crisis al Concilio Vaticano II?

El germen de la crisis es muy anterior al concilio, pero no cabe duda de que el Vaticano II ha ido seguido de una crisis profunda y universal de la Iglesia. El posconcilio no resultó ser el ideal esperado. De ahí que, en El campesino del Garona, Jacques Maritain se refiera a una «fiebre neomodernista (…),

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fiebre muy contagiosa, por lo menos en los círculos que se llaman intelectuales, y frente a la cual el modernismo del tiempo de Pío X no era más que un modesto resfriadillo […]; esta […] descripción nos presenta el cuadro de una especie de apostasía “inmanente” […] que se venía preparando desde hacía muchos años, y cuya manifestación —mentirosamente imputada, a veces, al “espíritu del Concilio” […]— ha sido acelerada por algunas esperanzas oscuras de las partes bajas del alma, suscitadas por doquier con motivo del Concilio».

En esa época muchos cristianos, en particular entre el clero, vivieron una crisis adolescente de identidad. Nosotros, los hijos de la Iglesia, no somos —sin mérito alguno por nuestra parte— más que simples herederos del tesoro de la fe. La verdad de la fe se nos ha transmitido para que la guardemos y vivamos de ella. Visto así, somos deudores insolventes cara a nuestros padres. Recibir el tesoro de la tradición conlleva un espíritu filial. Somos, de alguna manera, enanos encaramados a las espaldas de gigantes. Pero, por encima de todo, somos deudores de Dios. Conscientes de nuestra indignidad y de nuestra debilidad, contemplamos con agradecimiento cómo confía a nuestras manos los tesoros de la vida divina: los sacramentos y el Credo. ¿Cuál debe ser nuestra reacción ante tanta generosidad divina a pesar de nuestra miseria? Solo nos queda compartir la herencia recibida y transmitirla. La conciencia de nuestra indignidad innata debería empujarnos a anunciar al mundo la Buena Nueva, a proclamarla no como propiedad nuestra, sino como un depósito precioso que nos ha sido entregado por pura misericordia. Esa es, de hecho, la reacción de los apóstoles después de Pentecostés. Da la impresión de que, en los años del posconcilio, esa condición de herederos indignos generó mala conciencia entre algunos. Como dice Joseph Ratzinger en Teoría de los principios teológicos, quisieron hacer un «examen de

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conciencia de la Iglesia católica ejercido en profundidad». Buscaron satisfacción en las «confesiones de culpabilidad», en el «acento apasionado de las autoacusaciones», en «la idea de una Iglesia pecadora» hasta en sus cimientos. Ratzinger afirma que «se llegó a aceptar con absoluta seriedad todo el arsenal de las acusaciones contra la Iglesia». El examen de conciencia debería habernos llevado a transmitir nuestra herencia con más gozo y más cuidado todavía después de haber constatado hasta qué punto no somos dignos. El cardenal Ratzinger comenta que este periodo, por el contrario, «desembocó en la inseguridad acerca de la propia identidad […], en la profunda ruptura respecto de nuestra propia historia, de suerte que se hacía de todo punto imprescindible un radical nuevo comienzo». Pero esa actitud conllevaba el riesgo de un orgullo sutil. Algunos clérigos pretendieron no ser herederos, sino criaturas. A veces se proclamó una fe totalmente humana que sustituyó al depósito divino. En lugar de transmitir lo que se había recibido, se proclamó ruidosamente lo que se había inventado. Estoy convencido de que en la raíz de la crisis hubo una carencia espiritual. Hace falta mucha humildad para aceptar recibir un don. Y nosotros, de un plumazo, nos negamos a ser herederos inmerecidos. Esta realidad, no obstante, constituye el núcleo de toda familia. El hijo recibe el amor de sus padres gratuitamente, sin haberlo merecido; y, a su vez, da también amor. Esa humildad esencial que consiste en aceptar recibir sin ningún mérito y en transmitir gratuitamente es la matriz del amor familiar. Cuando tiende a diluirse, la Iglesia pierde su espíritu de familia. Las divisiones y la aspereza hacen presa de ella. La corroen el espíritu partidista, la sospecha y la ideología. No puedo sino manifestar el hondo sufrimiento que provocan en mí las mezquinas maniobras y las manipulaciones que forman parte de la vida eclesial. Deberíamos ser la familia de Dios. Y casi

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constantemente ofrecemos el lamentable espectáculo de una corte en la que obtener poder e influencia. Las costumbres de los políticos invaden nuestras filas. ¿Dónde está la caridad? ¿Dónde está la bondad? Solo recuperaremos nuestra pacífica unidad si nos hacemos uno solo en torno al depósito de la fe. Ha llegado el momento de rechazar las hermenéuticas de ruptura que rompen tanto la transmisión de la herencia como la unidad del cuerpo eclesial, como dice con toda claridad Joseph Ratzinger en su Informe sobre la fe: «Defender hoy la verdadera Tradición de la Iglesia significa defender el Concilio. Es también culpa nuestra si de vez en cuando hemos dado ocasión (tanto a la “derecha” como a la “izquierda”) de pensar que el Vaticano II representa una “ruptura”, un abandono de la Tradición. Muy al contrario, existe una continuidad que no permite ni retornos al pasado ni huidas hacia delante, ni nostalgias anacrónicas ni impaciencias injustificadas. Debemos permanecer fieles al hoy de la Iglesia; no al ayer o al mañana: y este hoy de la Iglesia son los documentos auténticos del Vaticano II. Sin reservas que los cercenen. Y sin arbitrariedades que los desfiguren».

Ha llegado el momento de recuperar un espíritu pacífico y alegre, un espíritu de hijos de la Iglesia que asumen toda su historia como herederos agradecidos. No hay que retractarse del concilio. Al contrario: es preciso volver a descubrirlo leyendo atentamente los documentos oficiales que emanaron de él. Es preciso leer el concilio no con mala conciencia, sino con un espíritu de gratitud filial hacia nuestra madre la Iglesia.

Uno de los problemas suscitados por las conclusiones del concilio es el sentido que se le ha dado a la Gaudium et spes. En su Teoría de los principios teológicos, Joseph Ratzinger recuerda que «lo que tuvo tan especiales repercusiones en este texto no fue la síntesis de su contenido […]; fue más bien la intención general de apertura». En él no quedó claramente

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definido el concepto de «mundo»: «La Iglesia coopera con el “mundo” para construir el “mundo”. [Este texto] expresa el intento de una reconciliación oficial de la Iglesia con la nueva época establecida a partir del año 1789 […]. Ni el abrazo ni el ghetto pueden resolver, a la larga, el problema de la edad moderna para los cristianos».

En el fondo, si los papas y los padres conciliares consideraron posible abrirse confiadamente a todo lo que hay de positivo en el mundo moderno, fue precisamente porque estaban seguros de su identidad y de su fe. Se enorgullecían de ser hijos de la Iglesia. En muchos católicos, sin embargo, se produjo una apertura al mundo privada de filtros y de frenos, es decir, una apertura a la mentalidad moderna dominante, al tiempo que se cuestionaban los fundamentos del depositum fidei que, para muchos, ya no estaban claros.

Algunos invocaron ese «espíritu del concilio» para correr detrás de cualquier novedad. Muchos renunciaron a considerarse hijos de la Iglesia. Adoptaron las formas y los criterios del mundo debido a su mala conciencia. Si dejamos de ver en la Iglesia a una madre amante que alimenta a sus hijos, los cristianos dejarán de entender por qué son hijos. Si ya no son hijos de una misma madre, tampoco serán hermanos entre ellos. En este sentido, me gustaría retomar las palabras del papa Francisco en su homilía del 1 de enero de 2018: «Para recomenzar, contemplemos a la Madre. En su corazón palpita el corazón de la Iglesia». Lo que el papa dice de María debe aplicarse igual a la Iglesia: «Donde está la madre hay unidad, hay pertenencia, pertenencia de hijos», decía también en la misma ocasión del año anterior.

¿A qué llama usted «crisis del Credo»?

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Se trata, en primer lugar, de una crisis de la teología fundamental, de una crisis de los fundamentos de la fe, ligada a una interpretación errónea del Vaticano II que adopta la forma de una hermenéutica de la ruptura, frente a lo que debería ser una hermenéutica de la reforma en la continuidad de un único sujeto que es la Iglesia. Su principal manifestación afecta a la eclesiología o teología de la Iglesia.

Por otra parte, hay que dejar constancia de una crisis del lugar que ocupa la teología dentro de la vida de la Iglesia. Entre los especialistas de la doctrina sagrada asistimos a una reivindicación de autonomía con respecto al magisterio que los lleva a inclinarse hacia doctrinas heterodoxas presentadas como verdades inmutables. Los teólogos pierden de vista su verdadera misión, que no consiste en crear lo revelado, sino en interpretarlo; en profundizar en lo revelado, y no en realzar la propia excelencia.

Los teólogos no deberían considerarse intelectuales puros cuyo universo se circunscribe al mundo universitario y a las revistas científicas. La teología es un servicio eclesial. Un sacerdote teólogo es ante todo un pastor. No hay que olvidar que las definiciones dogmáticas son un servicio prestado a los «pequeños» de la Iglesia, y no un ejercicio de autoridad. Formulando la fe en palabras el magisterio permite que todos participen de la luz que Cristo nos ha dejado. El ejercicio de la teología comienza por el Catecismo y la predicación. Consiste en escrutar los misterios de la fe para expresarlos en términos humanos que puedan transmitirse al mayor número posible de personas. A veces me maravilla la profundidad teológica que algunos fieles alcanzan intuitivamente a partir de las verdades del Catecismo. En L’Humilité de Dieu, François Varillon escribe: «Cuando hace teología, la Iglesia no está honrando a su Dios como si fuera un Profesor Supremo que tematiza su ser en

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enunciados lógicamente articulados para satisfacción del espíritu». La Iglesia se limita a velar para que en cualquier momento y en cualquier lugar se reciba la luz de Cristo, del que ella es el Sacramento. Ese anhelo la lleva a formular en un momento determinado de la historia su reflexión sobre un misterio, a fin de que no se pervierta la relación de sus hijos con el Dios vivo. Esas formulaciones, derivadas de un estudio prolongado, inauguran también una nueva reflexión. Son tanto puntos de partida como líneas de meta. Si las palabras envejecen, nada impide que se renueven manteniendo la fidelidad al significado que encierran. Sí, debemos esforzarnos por decir mejor lo que ya se ha dicho, por formularlo de un modo cada vez más preciso, sin romper con la tradición. Debemos mantenernos firmes, inquebrantables, en la conservación de la tradición, la doctrina y los dogmas de la Iglesia. Sin polémicas, sin impaciencia, sin escándalos.

El trabajo de deconstrucción de cierta teología que ha perdido el espíritu eclesial acaba influyendo forzosamente, antes o después, en la enseñanza de la catequesis; de tal manera que el Catecismo pierde la seguridad y la armonía que deberían caracterizarlo. Las críticas contra el Catecismo acusándolo de «desfasado» fueron un grave error de inicio. Hoy se suele presentar con demasiada frecuencia como una serie de hipótesis exegéticas sin relación lógica ni cronológica, que no añaden claridad alguna a ojos de los niños. Lo que hay que enseñar es la fe, y no las últimas teorías en boga que no tardan en ser descartadas por la exégesis histórico-crítica.

La crisis se manifiesta también en lo que atañe a las relaciones entre los dos canales por los que nos es transmitida la única Revelación divina: la Sagrada Escritura y la tradición; es decir, entre la Biblia y la Iglesia, que entrega lo que ha recibido del Señor. Por influencia del protestantismo y de su noción

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fundamental de sola scriptura —solo las Escrituras, y no el magisterio—, los exégetas católicos han dado prioridad a una interpretación supuestamente «sabia» de la Biblia saturada de hipótesis de trabajo y prejuicios filosóficos, cientificistas o hegelianos, en detrimento de la lectura patrística y tradicional que ha forjado a los santos, los únicos que han comprendido plenamente la Escritura.

Al final la Escritura se acaba viendo únicamente como un conjunto de documentos antiguos —apasionantes, sí, pero desprovistos de peso sobrenatural—, cuya comprensión solo está al alcance de los especialistas. No obstante, la tradición es el principal criterio en materia de fe. Todo católico debe tener la audacia de creer que su fe, en comunión con la de la Iglesia, está por encima de cualquier magisterio nuevo de los expertos y los intelectuales. Es legítimo preguntarse cuál es el fin y el interés espiritual que se persiguen queriendo separar la tradición y la palabra de Dios.

La constitución dogmática Dei Verbum proclamó solemnemente el vínculo esencial entre el magisterio y la palabra de Dios: «La Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas» (DV 10, § 3). Dei Verbum continúa de un modo más explícito aún al afirmar que «la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia» (DV 10, § 1). El concilio subraya así que la palabra de Dios no puede subsistir sin el magisterio de la Iglesia, ya que el «solo depósito sagrado de la palabra de Dios [es] confiado a la Iglesia», y en la Iglesia es únicamente el «Magisterio vivo» el

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que posee la misión y el encargo de interpretar con una autoridad específica recibida de Cristo (authentice, in nomine Christi) la palabra de Dios recogida en las Sagradas Escrituras y en la tradición (DV 10, § 2). Naturalmente, «este Magisterio no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado» (DV 10, § 2), es decir, la misma palabra de Dios contenida en el depósito sagrado de la fe confiado a la Iglesia.

Hoy existe un serio peligro de pensar que la sagrada tradición podría ser superada por un cambio en el magisterio. Se afirma que hay que volver a leer las verdades transmitidas por la Iglesia en su contexto, y se aprovecha para reclamar cambios al magisterio. Frente a este peligro, el concilio nos recuerda con firmeza que la tradición es la propia palabra de Dios; y que, si el magisterio intenta hacer abstracción de ella, no puede sostenerse. El auténtico magisterio nunca podrá romper con la tradición y la palabra de Dios. Esa es la certeza que nos da nuestra fe en la Iglesia.

¿Se podría hablar hasta de una crisis de la eclesiología?

La gran tentación de la eclesiología sería la de rebajar la Iglesia a un nivel sociológico. Entonces la esposa de Cristo se convierte en el objeto de una mirada puramente humana y profana. Muchos coinciden en ver en ella una sociedad que promueve un proyecto de liberación social básicamente terrenal. Pero olvidan que la Iglesia es —en palabras del obispo Bossuet— nada menos que «Jesucristo difundido y comunicado». Olvidan que es realmente el cuerpo místico de Cristo: «Se está perdiendo imperceptiblemente el sentido auténticamente católico de la realidad “Iglesia”, sin rechazarlo de una manera expresa. Muchos no creen ya que se trate de una

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realidad querida por el mismo Señor. Para algunos teólogos, la Iglesia no es más que una mera construcción humana, un instrumento creado por nosotros y que, en consecuencia, nosotros mismos podemos reorganizar libremente a tenor de las exigencias del momento», explicaba Joseph Ratzinger en su Informe sobre la fe.

El cuerpo místico de Cristo, la Iglesia, debe hacer que brille la misma luz en todas partes y en todo momento, igual que el sol se levanta e ilumina el mundo cada mañana. El principal objetivo sobre el que se posan eternamente la mirada y el deseo de amor infinito de Dios es la perfección infinita de Cristo Redentor. Todo se hizo por Él y sin Él no se hizo nada (Jn 1, 3); y hacia Él conduce Dios todas las cosas y todos los acontecimientos de la historia. La Iglesia es Jesucristo que prolonga su vida —que es la misma vida de Dios— en toda la creación redimida, santificada y divinizada por Él.

En octubre de 2018 el sínodo sobre «los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional» provocó cierto desconcierto debido a la controvertida interpretación del episodio de los «discípulos de Emaús» recogido en el evangelio de Lucas (Lc 24, 13-35).

Acordaos de esos dos hombres que dejan Jerusalén a sus espaldas y se dirigen fatigosamente a una aldea llamada Emaús. Por el camino les da alcance un desconocido que aminora el paso e inicia una conversación. «¿De qué veníais hablando?», les pregunta. La respuesta es muy franca: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?». «¿Qué ha pasado?», les pregunta Él. «Lo de Jesús el Nazareno». El desconocido les contesta con un reproche algo acalorado: «¡Necios y torpes de corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas!». Recordemos también el episodio de los apóstoles zarandeados por un fuerte vendaval mientras están en la barca: tienen motivos para inquietarse, porque la tempestad

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es terrible y sus vidas están amenazadas. Cristo se despierta y los reprende: «¡Hombres de poca fe!» (Lc 8, 25). ¿Por qué? La falta de esperanza y de fe equivale a desconfiar de Dios, dudar de que esté presente, de que sea fiel, de que actúe en nuestra vida y en medio de nuestras angustias. Hacemos mal si, estando junto a Cristo, perdemos la esperanza. Por eso Él les lanza este reproche: «¿No era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en su gloria?» (Lc 24, 26), y condena de forma explícita la falta de esperanza. En el trayecto hacia Emaús Jesús habla y los discípulos escuchan. Comenzando por Moisés y citando a los profetas, interpreta lo que las Escrituras dicen acerca de Él.

Este pasaje de los evangelios es sin duda la lectio divina por excelencia. Cristo comentado por Cristo, Cristo explicado por Cristo, Cristo contemplado por Cristo.

Y llega el momento de despedirse. No obstante, en el corazón de aquellos hombres hay algo que se resiste a la separación: «Quédate con nosotros, porque se hace tarde y ya está anocheciendo» (ibid., 29). Jesús acepta y entran los tres en un albergue. Entonces ocurre algo verdaderamente extraordinario. San Lucas recurre al lenguaje de la Eucaristía: «[Jesús] tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio» (ibid., 30). Sí, es la Eucaristía, el Sacramento de la Pascua de Cristo. Todo esto ocurre la noche de la Pascua. Solo entonces lo reconocen. Pero ya no le ven. Porque solo podemos unirnos a Cristo en su Presencia eucarística. Podrían haberse quedado un momento con Él, seguir escuchándolo, saciar su mirada con su rostro glorioso: «Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos», escribe san Juan en su primera carta (1, 1). La fe abre los ojos para contemplar al Resucitado. Eso es lo que nos revela este espléndido texto.

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«Al instante se levantaron y regresaron a Jerusalén» (Lc 24, 33). Se ponen en marcha envueltos en el frío de la noche. Ese día no han dormido. Regresan a la ciudad santa y van en busca de la comunidad de los apóstoles; los peregrinos de Emaús se contarán entre los primeros testigos de la resurrección.

Este texto nos permite comprender que quien construye la Iglesia no somos nosotros, sino Cristo a través de su palabra y de la Eucaristía: «[Estáis] edificados sobre el cimiento de los apóstoles y los profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús, sobre quien toda la edificación se alza bien compacta» (Ef 2, 20). Es Él, Pastor eterno, quien nos guía. Se reúne con nosotros en su Iglesia y nos entrega su palabra.

Mientras Cristo hablaba, ardía su corazón. Al principio van arrastrando los pies y su fe se ha enfriado. Pero, mientras Cristo les explica las Escrituras, caminan al mismo paso que el resucitado. Cambiar de paso, cambiar de vida, cambiar el corazón: eso es quizá lo que el Señor espera de nosotros en la escucha de su palabra. Luego llega el momento de partir el pan, el momento de la Eucaristía. Se suele decir que este episodio sigue el mismo desarrollo que la celebración eucarística: comienza con el peso del hombre pecador que ha dado la espalda a Jerusalén, el lugar de la cruz y del sufrimiento de Cristo. Luego se remueve con su palabra, la liturgia de la palabra, el comentario de la palabra: la homilía. Viene después la fracción del pan y el envío en misión. Los dos hombres regresan a Jerusalén después de haber recibido a Cristo por entero: Cristo-Palabra, Cristo-Cuerpo, Cristo-Sangre, Cristo- Eucaristía. Nuevamente revestidos de esa Presencia, con el corazón lleno de la gloria silenciosa del Resucitado, se reúnen con la comunidad apostólica: la Iglesia fundada sobre los apóstoles (cfr. Ef 2, 20). Habían roto la comunión eclesial y

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fraterna. Desaliento, desesperanza, una fe menor, distanciamiento de los miembros de la Iglesia: se habían alejado en dirección a Emaús. Y recuperan la comunión eclesial. Recobran a Cristo-Eucaristía, se reencuentran con la Iglesia, restauran la comunión y serán testigos valientes del Resucitado. Es Jesucristo quien edifica la Iglesia con su palabra y con la Eucaristía. Nosotros nos hacemos miembros de la Iglesia y misioneros del Evangelio, testigos del Resucitado, después de alimentarnos de la palabra, del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. San Pablo nos advierte: «Según la gracia de Dios que me ha sido dada, yo puse los cimientos como sabio arquitecto, y otro edifica sobre ellos. Cada uno mire cómo edifica, pues nadie puede poner otro cimiento distinto del que está puesto, que es Jesucristo» (1 Co 3, 10-11). Continuemos la obra de los apóstoles y de sus sucesores a lo largo de los siglos. No reconstruyamos nada conforme al modelo del mundo. Es Cristo quien construye su Iglesia; y nosotros somos ineptos colaboradores suyos.

¿Sigue siendo válida para nuestros contemporáneos la configuración jerárquica de la Iglesia? Muchos reclaman un gobierno más democrático. ¿Qué opina usted?

Hoy estamos siendo testigos de una interpretación errónea de la realidad humana de la Iglesia, diseñada en ciertos laboratorios en los que se destila la utopía de un pueblo de Dios en oposición dialéctica con el Magisterio. No se ha entendido el papel de este último, ni —en especial— el de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

La visión horizontal de la Iglesia conduce inevitablemente al deseo de que sus estructuras imiten las de las sociedades políticas. Si la Iglesia no es más que una creación del hombre

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que no ha sido instituida directamente por Cristo, hay que repensarla una y otra vez, hay que reorganizarla conforme a patrones lógicos que respondan a las necesidades del momento: «Si la Iglesia es solo nuestra —escribía el cardenal Ratzinger en su Informe sobre la fe—, si la Iglesia somos únicamente nosotros, si sus estructuras no son las que quiso Cristo, entonces no puede ya concebirse la existencia de una jerarquía como servicio a los bautizados, establecida por el mismo Señor. Se rechaza el concepto de una autoridad querida por Dios, una autoridad que tiene su legitimación en Dios y no —como acontece en las estructuras políticas— en el acuerdo de la mayoría de los miembros de la organización. Pero la Iglesia de Cristo no es un partido, no es una asociación, no es un club: su estructura profunda y sustantiva no es democrática, sino sacramental y, por lo tanto, jerárquica; porque la jerarquía fundada sobre la sucesión apostólica es condición indispensable para alcanzar la fuerza y la realidad del sacramento. La autoridad, aquí, no se basa en los votos de la mayoría; se basa en la autoridad del mismo Cristo, que ha querido compartirla con hombres que fueran sus representantes, hasta su retorno definitivo. Solo ateniéndose a esta visión será posible descubrir de nuevo la necesidad y la fecundidad de la obediencia a las legítimas jerarquías eclesiales».

Los cristianos ya solo ven en sus obispos a hombres en busca de poder. Lo que se comenta es la influencia de este o la carrera de aquel. ¿Cómo es posible que olvidemos que en la Iglesia el gobierno es un servicio? Poseer una parte de la autoridad de Cristo equivale literalmente a asumir la condición de servidor, a despojarse de todo el ser, de las ideas personales, de las preferencias y los gustos para hacerse humilde servidor de la salvación de todos: «Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las oprimen, y los poderosos las avasallan. No tiene

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que ser así entre vosotros; al contrario: quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos» (Mc 10, 42-44).

El servicio de gobierno es siempre un camino de Cruz. Ha de convertirse en un camino de santificación a imitación de Cristo, que se anonadó y asumió la condición de servidor. Insisto: siempre que los obispos tienen que reprender y corregir, lo hacen como servidores de la fe y de la salvación de todos. Cada vez que la Congregación para la Doctrina de la Fe condena un libro o prohíbe la enseñanza a un sacerdote, lo hace llevada por el deseo de salvaguardar la fe de todos. Ese gobierno es un servicio de amor a Dios y a las almas. Es una tarea santa y santificadora y, al mismo tiempo, difícil e ingrata.

En la Iglesia tampoco se obedece como en las sociedades políticas. No se obedece a quienes tienen autoridad por miedo. La auténtica obediencia católica es obediencia a Dios. Es a Él a quien amamos, es a Él a quien obedecemos a través de la jerarquía. Hemos perdido el sentido sobrenatural de esa obediencia para convertirla en un juego de poder. Ya en 1976, en Où va l’Église, el cardenal Alexandre Renard, primado de las Galias, comentaba: «La Iglesia ha sufrido una especie de horizontalismo. Nos fijamos antes en los hombres, con sus limitaciones e inclinaciones, que en su misión y su gracia; nuestra actitud ante los obispos —incluido el papa— es la misma que ante nuestros jefes y nuestros patrones; los criticamos demasiado en lugar de trabajar en comunión con quienes tienen una responsabilidad inmensa y sumamente gravosa».

Me gustaría recordar a todos las palabras de Jesús a san Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18). Tenemos la certeza de que estas palabras se

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concretan en lo que llamamos la infalibilidad de la Iglesia. La esposa de Cristo, con el sucesor de Pedro a la cabeza, puede atravesar crisis y tempestades. Sus miembros pueden pecar y equivocarse. Pero, si nos mantenemos unidos a Pedro, jamás podremos separarnos de Cristo ni mucho ni por mucho tiempo. Ubi Petrus, ibi Ecclesia: donde está Pedro, ahí está la Iglesia. En un importante discurso dirigido en junio de 1980 a los cardenales y a la curia, Juan Pablo II afirmaba: «Es función del Colegio Episcopal, unido en torno al humilde sucesor de Pedro, garantizar, proteger, defender esta verdad, esta unidad. Sabemos que, en el ejercicio de esta función, la Iglesia docente está asistida por el Espíritu con el carisma específico de la infalibilidad. Esta infalibilidad es un don de lo alto. Nuestro deber es el de permanecer fieles a este don, que no nos viene de nuestras pobres fuerzas o capacidades, sino únicamente del Señor. Y es el de respetar y de no defraudar el “sensus fidelium”, es decir, esa particular “sensibilidad” con que el Pueblo de Dios advierte y respeta la riqueza de la Revelación confiada por Dios a la Iglesia y exige su absoluta garantía».

Y en noviembre de 1980, en un discurso pronunciado en Altötting ante teólogos alemanes, Juan Pablo II decía también: «El Magisterio existe solo en orden a constatar la verdad de la Palabra de Dios, sobre todo cuando se ve amenazada por desfiguraciones y malentendidos. En este contexto hay también que situar la infalibilidad del Magisterio eclesiástico […]. La Iglesia debe […] ser muy humilde y al mismo tiempo debe estar segura de permanecer en la misma verdad, en la misma doctrina de fe y moral que ha recibido de Cristo, que en esta esfera la ha dotado con el don de una “infalibilidad” específica. A decir verdad, la infalibilidad no ocupa un puesto central, de privilegio, en la jerarquía de las verdades, pero es en cierto modo la clave de esa certeza con la que se confiesa y se anuncia la fe, y

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también la clave de la vida y conducta de los creyentes. Si perturbamos o demolemos este fundamento esencial, empiezan, al mismo tiempo, a desmembrarse también las más elementales verdades de nuestra fe». Nunca avanzaremos en la búsqueda de la verdad oponiéndonos al Magisterio del presente o del pasado, ni arrojando dudas sobre él. Es cierto que en este aspecto no son de ninguna ayuda quienes se apropian del Magisterio y lo interpretan de acuerdo con sus propias ideas, rompiendo con la tradición teológica. Por desgracia, son ellos los primeros en lanzar anatemas contra quienes discrepan. Frente a tanta histeria teológica, es el momento de recuperar un poco de paz y de buena voluntad. Solo la fe y la confianza en el Magisterio y en su continuidad a lo largo de los siglos podrán concedernos la unidad.

¿Cree usted que nos enfrentamos a una crisis de identidad de la religión católica vinculada al ecumenismo y al diálogo interreligioso?

El esfuerzo ecuménico es necesario, pero a veces se ha practicado con excesiva precipitación, olvidando que ratificar las cuestiones intangibles del dogma supone prestar un servicio al interlocutor. El arraigo del indiferentismo respecto a las confesiones cristianas nace de una visión errónea de la verdadera naturaleza del ecumenismo.

El deseo de una relación más fraterna, menos hostil y menos tensa entre los cristianos es algo bueno y loable. Pero no deberíamos reducir el ecumenismo a eso. El verdadero ecumenismo consiste en renunciar a nuestros pecados y a nuestra tibieza, en escapar juntos de nuestra falta de fe, en recuperar nuestra misma fe en los misterios cristianos, en los sacramentos, en la misma doctrina, en la misma Iglesia confiada

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a Pedro, y no en la que edificamos recurriendo a nuestra originalidad. El verdadero ecumenismo consiste en dejarse guiar por la sola y única luz del Evangelio, con sus exigencias morales. El verdadero ecumenismo es guardar fielmente su palabra y vivir los mandamientos de Dios. Porque «quien guarda su palabra, en ese el amor de Dios ha alcanzado verdaderamente su perfección. En eso sabemos que estamos en Él. Quien dice que permanece en Dios, debe caminar como Él caminó» (1 Jn 2, 5-6). Si no se ratifica con firmeza la enseñanza de Cristo tal y como la ha transmitido siempre el Magisterio de la Iglesia, no hay ecumenismo.

Quién no recuerda las palabras de Pablo VI durante la audiencia general del 28 de agosto de 1974, cuando no tuvo reparos en decir: «¿Qué ecumenismo podemos construir así? ¿Dónde acabará el cristianismo, más aún, el catolicismo, si hoy, bajo la presión de un pluralismo engañoso e inadmisible, se aceptara como legítima la disgregación doctrinal y, por lo tanto, la disgregación eclesial que podría derivarse de ella?».

Me sorprende el irenismo que mostramos frente a las confesiones cristianas no católicas. En algunos aspectos, el ecumenismo con los hermanos separados de Oriente plantea dificultades en el plano teórico, y siempre en temas de eclesiología, en particular los concernientes al primado de Pedro desde el punto de la vista de la comunión. A veces se silencia el verdadero sentido del primado de Pedro para no incomodar a los ortodoxos. No estoy seguro de que una diplomacia doctrinal como esta vaya a favorecer la unidad. No creo que sea eso lo que nuestros hermanos separados esperan de nosotros. Creo, por el contrario, que nos valoran más cuando asumimos la doctrina católica en su totalidad, cuando la exponemos y la proclamamos sin falsa prudencia. En mi opinión, los pasos más fecundos han sido fruto del ecumenismo de los mártires. Cuando católicos y

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ortodoxos han coincidido en los mismos gulags, han rezado juntos, juntos han dado testimonio de la fe y a veces han compartido los mismos sacramentos.

Por otra parte, en algunos ambientes católicos se observa cierta fascinación por el modelo protestante. La caridad tiene que ser capaz de eliminar nuestras asperezas para dejar que el Espíritu Santo actúe en favor de nuestra conversión. Aun así, es inútil negar las profundas diferencias que nos separan. Nuestra fe en la presencia real del Señor en la Eucaristía, nuestra fidelidad a la misa como renovación del sacrificio de la Cruz, nuestra fe en la sacramentalidad del sacerdocio exigen de nosotros una auténtica coherencia: un protestante no puede comulgar durante la santa misa, cosa que no tendría otro sentido que manifestar cierta empatía. Pero la Eucaristía no puede convertirse en un instrumento para expresar las buenas relaciones humanas: es el lugar de la comunión con el Dios de la verdad. Desde el concilio se ha podido constatar una mayor apertura de un lado y del otro, pero el camino hacia la unidad en la verdad sigue siendo largo.

Y existe, además —y es aún más grave—, un irenismo con respecto a las religiones no cristianas, en las que se busca lo que ya existe en la Iglesia. Occidente ha entronizado a las religiones paganas, incluidas las animistas, y las ideas filosófico-religiosas de Extremo Oriente se han convertido en modelos. Lo cierto es que hay que ser africano para atreverse a decir sin complejos que estas «religiones tradicionales» paganas son espacios de temor y falta de libertad. Por desgracia, los medios extraordinarios de salvación —pienso sobre todo en el bautismo de deseo implícito que se da en algunos no cristianos— se han convertido en medio ordinario. No cabe duda de que hay paganos cuyas almas son sinceras y que viven con recta conciencia. Pero son almas a las que urge llevar la plenitud de la

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salvación. La teoría de los «cristianos anónimos» de Rahner alienta el peligro de extinguir en nosotros la urgencia de la misión. Conservamos en nosotros la inquietud por la salvación que invadía a un santo dominico y lo llevaba a pasar noches en oración mientras se le oía gemir: «¿Qué va a ser de las almas de los pobres pecadores?».

Usted suele afirmar que la crisis de la Iglesia no es un problema institucional. ¿Podría exponer su punto de vista?

He asistido a muchas reformas institucionales. Se han creado comisiones y consejos de todo tipo. ¿Hemos visto muchos resultados? Un libro malo no mejora si le cambiamos la encuadernación o el papel. En su Introducción al cristianismo escribía el cardenal Ratzinger: «Los verdaderos creyentes no dan mucha importancia a la lucha por la reorganización de las formas cristianas. Viven de lo que la Iglesia siempre fue. Y si uno quiere conocer lo que es la Iglesia, que entre en ella. La Iglesia no existe principalmente donde está organizada, donde se reforma o se gobierna, sino en los que creen sencillamente y reciben en ella el don de la fe que para ellos es vida. Solo sabe quién es la Iglesia de antes y de ahora quien ha experimentado cómo la Iglesia eleva al hombre por encima del cambio de servicio y de formas, y cómo es para él patria, y esperanza, patria que es esperanza, camino que conduce a la vida eterna».

Lo que urge es recuperar una mirada de fe sobre todas las cosas. Reformar de arriba abajo las instituciones alimenta la ilusión de que lo importante es lo que hacemos nosotros, nuestra acción humana, la única que nos parece eficaz. En realidad una reforma así solo traslada el problema. Creo que es esencial y urgente discernir la verdadera naturaleza de la crisis y ser consciente de que el mal no reside únicamente en las

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instituciones eclesiales. Ningún cambio aplicado a la organización de la curia será capaz de corregir las mentes, los sentimientos y las costumbres. ¿En qué consiste una «reforma» en el sentido más puro de la palabra? Se trata de una reconfiguración: un retorno a la forma original, la que procede de las manos de Dios. La auténtica reforma de la Iglesia consiste en volver a dejarse modelar por Dios: «Verdadera “reforma”, por consiguiente, no significa entregarnos desenfrenadamente a levantar nuevas fachadas, sino (al contrario de lo que piensan ciertas eclesiologías) procurar que desaparezca, en la medida de lo posible, lo que es nuestro, para que aparezca mejor lo que es suyo, lo que es de Cristo. Es esta una verdad que conocieron muy bien los santos: estos, en efecto, reformaron en profundidad a la Iglesia no proyectando planes para nuevas estructuras, sino reformándose a sí mismos. Lo que necesita la Iglesia para responder en todo tiempo a las necesidades del hombre es santidad, no management», afirmaba el cardenal Ratzinger en su Informe sobre la fe.

Hay que buscar medios concretos para dejar de poner obstáculos a la acción divina. Pero, mientras nuestras almas sean tibias, cualquier medio resultará inútil. La rutina es una amenaza terrible. La rutina endurece. Ciega. Nos hace sordos a todo lo que nos interpela. Cierra las puertas y los postigos a la luz divina. Impide descubrir los errores cometidos. Impide reaccionar, corregirse, convertirse y avanzar. Favorece la desidia, la degradación, la podredumbre. Y, sobre todo, impide avanzar contracorriente. No hay nada grande que hacer con hombres rutinarios que han pactado para siempre con la mediocridad. Con los tibios y los blandos no hay nada consistente que hacer. La tibieza lleva a la cobardía y a la traición. El Señor se muestra implacable con los tibios: «Conozco tus obras, que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras

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frío o caliente! Y así, porque eres tibio, y no caliente ni frío, voy a vomitarte de mi boca» (Ap 3, 15-16). En Notre conjointe Charles Péguy se expresa con contundencia a este respecto: «Hay algo peor que tener un mal pensamiento. Es tener un pensamiento preconcebido. Hay algo peor que tener un alma mala y también que hacerse un alma mala. Es tener un alma preconcebida. También hay algo peor que tener un alma perversa. Es tener un alma acostumbrada […]. Las peores miserias, las peores bajezas, las vilezas y los delitos, el pecado mismo son a menudo los puntos vulnerables de la armadura del hombre, los puntos vulnerables a través de los cuales la gracia puede penetrar en la coraza de la dureza del hombre. Pero sobre esta inorgánica coraza de la costumbre todo resbala, y se despunta toda espada».

No reaccionaremos mientras no seamos conscientes de la gravedad de nuestro deterioro. ¿Será capaz de despertarnos la reciente revelación de las viles infamias de ciertos clérigos? Quizá nos hacia falta esta humillación, esta vergüenza para percatarnos de nuestra honda necesidad de reforma, es decir, de conversión. ¿Cómo no reaccionar ante semejante cinismo por parte de unos hombres consagrados a Dios? ¿Cómo no buscar la causa más profunda de estos abusos viles y organizados de menores? Esta es sin duda la constatación más radical e indignante de una vida que ha ido deslizándose poco a poco para convertirse en una vida sin Dios, una vida marcada por el ateísmo práctico, una vida que ha basculado desde lo sagrado a lo profano, cuando no a la profanación. Es necesario tomar medidas, y que la Iglesia las aplique, para proteger a los niños, imagen sagrada de la inocencia divina. ¿Quién puede pensar que existe alguna medida que sustituya a una profunda mirada de fe sobre nuestras vidas? Porque, más allá de los crímenes abominables cometidos con los niños, ¿no hay nada que decir

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sobre la profunda crisis que corroe la vida de los clérigos? Su castidad sufre un violento ataque. En ciertas regiones del mundo se multiplican las conductas contrarias al celibato consagrado. Y lo peor no es el pecado de debilidad, que siempre merece misericordia si mueve al arrepentimiento y a la confesión. Lo peor es que algunos sacerdotes reivindican esos actos como algo normal y positivo. ¿No son capaces de ver que hieren en lo más hondo su consagración a Dios? Existe un problema que no resolverá ninguna reforma estructural: la ignorancia de Dios. La tibieza, la renuncia a las exigencias evangélicas, la pérdida del sentido del pecado, el apego al dinero comparten la misma raíz: la pérdida del sentido de Dios. La degradación de la liturgia para hacerla espectáculo, la desidia en las celebraciones y en las confesiones, la mundanidad espiritual solo son síntomas. Lo que está en crisis no son las estructuras o las instituciones, sino nuestra fe y nuestra fidelidad a Jesús.

Los cambios que hay que aplicar no afectan solo a las instituciones, ni siquiera a las costumbres: afectan sobre todo al interior de las almas, a lo más hondo del espíritu y del corazón, a las convicciones y a la orientación de las conciencias. Lo que necesita un cambio radical es nuestra relación con Dios.

Por supuesto que debemos buscar medios concretos para poner por obra esa conversión radical. ¿Dónde podemos encontrar la única brújula capaz de orientarnos? ¿En lo que escriben los papas? La enseñanza de la Iglesia ha dejado de ser un ancla a la que se sujeta el pueblo de Dios. Los últimos papas han luchado a brazo partido contra la crisis que han visto ir creciendo. ¿Quién se acuerda todavía de los documentos de Pablo VI o de Juan Pablo II? ¿Quién los lee siquiera? Es más, ¿quién los adopta como regla de vida? Da la impresión de que las palabras resbalan sobre las almas sin llegar a romper el caparazón de la costumbre y la indiferencia. Más que de

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palabras, tenemos necesidad de rehacer la experiencia de Dios. Ahí puede residir la esencia de toda reforma. En su discurso al clero de Roma del 22 de febrero de 2007 decía Benedicto XVI: «Solo si hay una cierta experiencia se puede comprender». Por eso, la pregunta que deberíamos plantearnos es esta: ¿cómo hacer la experiencia de Dios? Lo que necesitamos es rehacer esta experiencia de la Iglesia como el espacio en el que se entrega Dios.

En este sentido me gustaría resaltar dos prioridades. Hay un primer espacio en el que podemos hacer esta experiencia de Dios y de la Iglesia, y es la liturgia. Ahí no es posible zafarse de Dios. En su introducción a las Obras completas sobre la liturgia, Benedicto XVI escribía que «la verdadera renovación de la liturgia es una condición fundamental para la renovación de la Iglesia». En efecto, «la existencia de la Iglesia vive de la correcta celebración de la liturgia. La Iglesia está en peligro cuando el primado de Dios ya no aparece en la liturgia y, por tanto, en la vida. La causa más profunda de la crisis que ha derruido a la Iglesia reside en el oscurecimiento de la prioridad de Dios en la liturgia». Suplico humildemente a los obispos, a los sacerdotes y al pueblo de Dios que cuiden cada vez más la sagrada liturgia, que coloquen a Dios en el centro, que vuelvan a pedir a Jesucristo que nos enseñe a rezar. Hemos desacralizado la celebración eucarística. Hemos transformado nuestras celebraciones eucarísticas en un espectáculo folclórico, en un evento social, en un entretenimiento, en un diálogo insípido entre el sacerdote y la asamblea cristiana. ¿Sigue quedando espacio para el Altísimo en nuestras liturgias? ¿Podemos seguir haciendo en ellas la experiencia de Dios? A veces los laicos reivindican una función en la misa que les permita sentirse una parte plena y activamente implicada en ella. Reflexionemos unos instantes sobre la naturaleza de la participación activa de

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María y de san Juan en el Gólgota. Estaban ahí, dejándose empapar, impregnar y forjar por el misterio de la Cruz. Y yo, ¿no debería inquietarme saber cómo muero yo junto a Jesús en cada Eucaristía y si acepto morir a mi pecado? ¿Está edificada mi vida cristiana sobre la oración y sobre una verdadera intimidad con Dios? ¿Qué lugar ocupan en mi vida la oración y la palabra de Dios? En cada una de nuestras celebraciones eucarísticas deberíamos poder decir como san Pablo: «Cada día estoy a punto de morir […] en Cristo Jesús, Señor nuestro» (1 Co 15, 31).

Hay otro espacio en el que podemos hacer la experiencia de Dios que se entrega a la Iglesia, y son los monasterios. En ellos encontramos una realización concreta de lo que debería ser toda la Iglesia. Lo he dicho muchas veces y no me da ningún reparo repetirlo. La renovación vendrá de los monasterios. Invito a todos los cristianos a compartir durante unos días la experiencia de la vida en un monasterio. En ellos harán una experiencia «en formato pequeño» de lo que es la Iglesia «en formato grande». En los monasterios experimentarán la prioridad concedida a la contemplación de Dios. ¡Volved a los monasterios! Frente a un mundo de fealdad y tristeza, estos lugares sagrados son auténticos oasis de belleza, de sencillez, de humildad y de alegría. En las abadías podrán comprender los cristianos que es posible poner a Dios en el centro de su vida. Esta primacía de la contemplación fue proclamada por el propio Cristo cuando afirmó que «una sola cosa es necesaria» y que «María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada» (Lc 10, 42); y aún más cuando Jesús se dirige a Dios, Padre suyo: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú has enviado» (Jn 17, 3). La contemplación es el corazón del cristianismo. Así se ha proclamado en los monasterios ayer, hoy y siempre, y no se

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extinguirá jamás. Hemos de proteger esos valiosos espacios de contemplación. Son el presente y el futuro de la Iglesia. En ellos habita Dios, llenando el corazón de los monjes y las monjas con su presencia silenciosa. Toda su existencia es litúrgica. Se alimenta de la fe y del oficio divino, y arde con el amor y la zarza ardiente de la presencia divina.

En los monasterios se hace también la experiencia de la Iglesia primitiva, cuyos fieles poseían todo en común. Compartían el pan día tras día. Hoy la crisis de la Iglesia se manifiesta de un modo especial en el desmigajamiento, en los desgarros que genera el espíritu partidista. Cristo no ha fundado una Iglesia con tanta discordancia de voces. La vida de los monasterios nos permite vivir la experiencia de una unidad recobrada. Nuestras comunidades cristianas deberían seguir su ejemplo y convertirse en espacios donde se comprendiera la primacía de Dios a través de la belleza de la liturgia, el silencio, la caridad y la comunidad de bienes. Hay que «recorrer este camino que permite descubrir el Evangelio no como una utopía, sino como la forma plena y real de la existencia», afirmaba Benedicto XVI durante la asamblea eclesial de Roma el 13 de junio de 2011. Nuestras comunidades deben convertirse en oasis en los que poder vivir la experiencia de la verdadera naturaleza de la Iglesia. Porque, como decía también Benedicto XVI en la audiencia del 14 de mayo de 2008, «en la eclesialidad se hace una experiencia de Dios más elevada que la que se alcanza a través de la reflexión: en ella realmente tocamos el corazón de Dios».

¿Cree que existe la posibilidad de una falsa reforma de la Iglesia?

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Es obligado leer y entender la conferencia pronunciada en Munich en 1970 por Joseph Ratzinger bajo el título “Por qué permanezco en la Iglesia”: «La perspectiva contemporánea ha determinado nuestra mirada sobre la Iglesia, de tal modo que hoy prácticamente solo vemos la Iglesia desde el punto de vista de la eficacia, preocupados por descubrir qué es lo que podemos hacer con ella. Los prolongados esfuerzos por reformar la Iglesia han hecho olvidar todo lo demás. Para nosotros hoy no es nada más que una organización que se puede transformar y nuestro gran problema es el de determinar cuáles son los cambios que la hagan “más eficaz” para los objetivos particulares que cada uno se propone. Planteando de esta manera la cuestión, el concepto de reforma ha sufrido en la conciencia colectiva profundas degeneraciones, que lo han privado de su núcleo central. Pues reforma, en su significado original, es un proceso espiritual, totalmente cercano al cambio de vida y a la conversión, que entra de lleno en el corazón del fenómeno cristiano: solamente a través de la conversión se llega a ser cristianos; esto vale tanto para la vida particular de cada uno como para la historia de toda la Iglesia. Esta vive como Iglesia en la medida en que renueva sin cesar su conversión al Señor, al evitar cerrarse en sí misma y en sus propias costumbres más queridas, tan fácilmente contrarias a la verdad. Cuando la reforma es arrancada de este contexto, del esfuerzo y el deseo de conversión, cuando se espera la salvación solamente del cambio de los demás, de la trasformación de las estructuras, de formas siempre nuevas de adaptación a los tiempos, quizá se llegue de momento a cierta utilidad inmediata, pero en el conjunto la reforma se convierte en una caricatura de sí misma, capaz de cambiar únicamente las realidades secundarias y menos importantes de la Iglesia».

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Creo que hemos llegado a un momento crucial de la historia de la Iglesia. Las perspectivas que se abren ante nosotros son dos. O bien seguimos pretendiendo salvar la Iglesia con reestructuraciones que no hacen sino añadir una sobrecarga excesivamente humana a su esencia divina, o bien decidimos dejarnos salvar por la Iglesia —o, mejor aún, por la acción de Dios en ella— y encontrar después los medios para convertirnos. Quizá estemos asistiendo a la víspera de una gran reforma de la Iglesia como la reforma gregoriana del siglo XI o la reforma del concilio de Trento del siglo XVI. Los historiadores analizan estos momentos de la vida de la Iglesia como cambios estructurales. Yo, por mi parte, creo que son los santos quienes cambian las cosas y hacen que la historia avance. Las instituciones van por detrás: no hacen sino prolongar la acción de los santos. En Frère Martin escribía Bernanos: «Quien trata de reformar la Iglesia por esos medios, por los mismos medios con los que se reforma una sociedad temporal, no solo fracasa en su empresa, sino que acaba infaliblemente encontrándose fuera de la Iglesia […]. No se reforman los vicios de la Iglesia sino prodigando el ejemplo de sus virtudes más heroicas. Es posible que san Francisco de Asís no se haya sentido menos indignado que Lutero por el libertinaje y la simonía de los prelados. Es incluso cierto que él sufrió más cruelmente por ello, pues su naturaleza era muy diferente de la del monje de Weimar. Pero él no desafió a la iniquidad, no intentó enfrentarse con ella, él se arrojó en la pobreza, se sumergió en ella hasta lo más hondo que pudo, junto con los suyos, como en la fuente de todo perdón, de toda pureza. Y bajo la dulce mano de este mendigo, la gavilla de oro y de lujuria floreció como un seto de abril […]. La Iglesia no tiene necesidad de reformadores, sino de santos. Martin Lutero era el reformador

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nato». Estamos a la espera de los santos que se atrevan a consagrarse a esta reforma interior. ¿Quiénes serán? ¿Papas como san Gregorio VII o san Pío V? ¿Pobres desconocidos como san Francisco de Asís? ¿Padres y madres de familia como los de santa Teresa de Lisieux? Cada uno de nosotros está llamado a comenzar por él mismo. Hemos de apoyarnos en toda iniciativa respaldada por la experiencia que nos permita volver a poner a Dios en el centro. Y no son pocas. No esperemos una reforma que venga de arriba como las de la administración del Estado. Las estructuras solo evolucionarán si se sostienen en los santos: «Todo esto —seguía diciendo Joseph Ratzinger en la misma conferencia pronunciada en Munich— nos ayuda a entender la paradoja que surge de los intentos de renovación propios de nuestra época: los esfuerzos para suavizar la rigidez de las estructuras, para corregir las formas del aparato eclesiástico provenientes de la Edad Media o, más aún, de los tiempos del absolutismo, para liberar a la Iglesia de tales interferencias y capacitarla para un servicio más simple y más conforme con el espíritu del evangelio, han conducido en realidad a una sobrevaloración del elemento institucional de la Iglesia […]. Detrás de todo eso se perfila el problema central de la crisis de la fe […]. La Iglesia ejerce sociológicamente su influencia más allá del círculo de sus fieles, y la institucionalización de esta situación falsa la aliena profundamente en su verdadera naturaleza […]. Muchas veces el concilio fue aplaudido también por aquellos que no tenían intención de llegar a ser creyentes en el sentido de la tradición cristiana, pero que saludaron este “progreso” de la Iglesia como una confirmación de sus propias opciones y de los caminos recorridos por ellos […]. Especialmente trágico es el hecho de que todo esto haya situado el programa de reforma en una ambigüedad extraordinariamente equívoca y para muchos

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insoluble». Puede que el camino sea largo y la purificación, dolorosa. Pero sabemos que Dios no abandona a su Iglesia. Y «si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Rm 8, 31).

¿Se podría hablar, en su opinión, de una mundanización de la iglesia?

El papa Francisco suele hablar con frecuencia de la terrible enfermedad espiritual que es la mundanidad, unida al alineamiento con los criterios del mundo. Bajo el impulso del aperturismo y la confianza, se han abierto puertas y ventanas, y el mundo ha devorado hasta los espacios más sagrados. Los hay que parecen contaminados por el antropocentrismo de las sociedades occidentales y el deseo de autodeificación del hombre. Pero una Iglesia mundanizada no ofrece los encantos del siglo: «Cuando el mundo penetra en el interior de la Iglesia —escribía Henri de Lubac en Paradojas—, este se convierte en algo peor que el mundo a secas. No tiene de él ni la grandeza del brillo ilusorio ni esa especie de lealtad en la mentira, en la maldad y en la envidia, reconocidos de antemano como su ley. Cuando el mundo eclesiástico se convierte en mundo a secas, solo es la caricatura del mundo. Es el mundo no solo más mediocre, sino también más feo. Pero ese mundo jamás triunfa, ni siquiera en los momentos peores. ¡Cuántos islotes secretos, cuántos oasis refrescantes, cuántas auténticas y dulces grandezas!». ¡Qué bien comprendo a todos los cristianos que sufren al ver a la Iglesia desfigurada por tantas deserciones y abusos! A veces nuestros corazones de hijos se llenan de vergüenza. Refugiémonos en el corazón de María. Me gustaría invitaros a acompañarme en una visita espiritual al fondo de la basílica romana de San Pedro. Acerquémonos a la hermosa imagen de la Pietà de Miguel Ángel. Contemplemos a esa

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madre que sostiene en sus brazos el cuerpo de su hijo torturado, humillado, cubierto de escupitajos y con las huellas de los latigazos. Tiene las manos traspasadas y la frente desgarrada por la corona de espinas. Y, aun así, la madre sujeta el cuerpo de su hijo con enorme dulzura y una delicadeza infinita. Su rostro de joven madre habla a la vez de recogimiento, de dolor y de serenidad. Adora sin comprender a ese hijo tan hermoso y a la vez tan ultrajado, a ese hijo que es su Dios. Sepamos reconocer, como María, el rostro de Cristo detrás del rostro manchado de la Iglesia. Ni nuestros pecados, ni nuestras traiciones, ni nuestra tibieza, ni nuestras infidelidades podrán desfigurar a la Iglesia, que sigue siendo hermosa, con la hermosura de los santos. Sigue siendo joven, con la juventud de Dios. Sepamos amar a la Iglesia y posar sobre ella la mirada de fe que posó María sobre Jesús, muerto, entre sus brazos. Sepamos llorar por la Iglesia, sepamos sufrir por la Iglesia si es necesario, pero tratémosla siempre con la delicadeza llena de amor y plenamente mariana que tan bien refleja el mármol de Miguel Ángel.

¿El motivo de la crisis de la curia romana es el de haberse convertido en una institución excesivamente humana?

La curia debe ser el gobierno de los asuntos de Dios. Debe dar a conocer el misterio divino para reunir a la humanidad cara a la salvación. La curia es un gobierno espiritual y divino. Está plenamente sometida a Dios, guiada y vivificada por Él. Sus métodos, sus medios y su fuerza solo pueden proceder de Dios. Su fuerza reside en la oración humilde, intensa, perseverante, plenamente atenta a la voluntad santa de Dios. Si la curia no posee una dimensión interior; si los prelados, los sacerdotes y los laicos que trabajan en ella carecen de la mística de los apóstoles y los profetas; si no se alimentan de la presencia

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silenciosa de Dios en su vida y en su existencia diaria, se convierte en una estructura meramente humana. Tiene competencias, pero ya no está al servicio de Dios. Así es como el carrierismo, la ambición de éxito político o diplomático, la mundanidad se apoderan de ese gobierno. El reino de Cristo no es de este mundo (cfr. Jn 18, 36). Está en el cielo. Consiste en seguir el camino del servicio y el amor, «lo mismo que Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y ofrenda de suave olor ante Dios» (Ef 5, 2; 2 Co 2, 14-15). Los cristianos tienen que ser el perfume de Dios. Todos los que son de Dios y trabajan para su gloria y para la salvación de las almas han de ser como una ofrenda «de suave olor, agradable ante Dios» (Flp 4, 18).

Si Dios nos ha creado a su imagen y semejanza, y si hemos sido hechos por Él, ¿no deberíamos trabajar y permanecer siempre ante Él ofreciéndole constantemente nuestros cuerpos, nuestros corazones, toda nuestra capacidad de amor y la pureza de nuestra castidad sacerdotal? En su primera carta a los corintios escribe san Pablo: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, que sois vosotros, es santo. Nadie se engañe: si alguno de vosotros se tiene por sabio según el mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio. Pues la sabiduría de este mundo es necedad delante de Dios. Porque está escrito: “Él atrapa a los sabios en su astucia”. Y en otro lugar: “El Señor conoce los pensamientos de los sabios, y sabe que son vanos”. Por tanto, que nadie se gloríe en los hombres; porque todas las cosas son vuestras: ya sea Pablo o Apolo o Cefas; ya sea el mundo, la vida o la muerte; ya sea lo presente o lo futuro; todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Co 3, 16- 23). Y en los Hechos de los Apóstoles dice también san Pablo:

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«Ya que en él vivimos, nos movemos y existimos, como han dicho algunos de nuestros poetas: “Porque somos también de su linaje”» (17, 28).

¿Cabe imaginar una vida curial del estilo de la vida comunitaria cenobita?

Sería necesario que el Evangelio hubiera impregnado enteramente nuestra vida y que nuestro principal impulso, nuestro afán primordial, fuese nuestra santificación. Sería necesario que Jesús penetrara totalmente en nosotros como le ocurrió a san Agustín. En los primeros tiempos del cristianismo los obispos vivían rodeados de sus sacerdotes. Trabajaban y oraban juntos. Conocemos muy bien la vida comunitaria del obispo de Hipona. Cuando se convierte en obispo de la ciudad, lleva viviendo en ella seis años y está familiarizado con el barrio cristiano, especialmente con la insula que contiene los edificios ligados al culto. En aquella época Hipona contaba con dos basílicas: la basílica antigua o Leontina, en la que Agustín fue proclamado clérigo por la multitud; y la nueva, la basílica de la Paz, donde se celebró en el año 393 el concilio de los obispos. Es en esta última donde suele predicar Agustín. Dentro de la insula se encuentra también la vivienda del obispo y el clero. En uno de sus sermones Agustín explica la presencia de las dos comunidades, laica y clerical, que lo acompañan: «Llegué al episcopado, y vi la necesidad para el obispo de ofrecer hospitalidad a los que sin cesar iban y venían, pues al no hacerlo se mostraría inhumano. Delegar esa función al monasterio parecía inconveniente. Por esa razón quise tener en esta casa episcopal el monasterio de clérigos». Este modelo está cimentado ante todo sobre una vida espiritual común. El obispo y su entorno asisten juntos a los oficios y a la santa misa. No se

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trata de una vida al margen del mundo. La oración y la vida comunitaria son medios para reforzar nuestras relaciones personales con Dios antes de marchar a anunciar a Cristo. La perseverancia en la oración se suele alimentar de esa ayuda mutua. Las palabras de las Sagradas Escrituras son esclarecedoras: «Perseveraban asiduamente en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las acciones» (Hch 2, 42).

La vida en común podría fortalecer nuestro coraje, del mismo modo que animó a san Agustín a predicar, denunciar, censurar, edificar y transmitir todas las exigencias del Evangelio. Conlleva una grave responsabilidad, una dura presión y un esfuerzo considerable. San Agustín amaba esa vida, que Catherine Salles describe así: «Que vuestras obras sean unas veces unas y otras veces otras según el tiempo, la hora y el día. ¿Se puede estar hablando siempre? ¿Se puede estar siempre callado? ¿Siempre reponiendo las fuerzas? ¿Ayunando siempre? ¿Dando siempre pan al indigente? ¿Vistiendo siempre al desnudo? ¿Visitando siempre a los enfermos? ¿Siempre dirimiendo disputas? ¿Sepultando siempre a los muertos? Hagáis lo que hagáis, hacedlo con calma, con serenidad, con amor. Ahora bien, el principio que ordena estas obras no tiene ni comienzo ni fin. Mantened siempre la caridad fraterna, como está escrito».

Es importante disponer de momentos sin palabras, de momentos de estudio, de momentos de actividad, de momentos de ocio y de momentos dedicados a permanecer ante Dios para amarle intensamente.

Si la Iglesia es capaz de recobrar esta vida de comunión, su testimonio será más edificante y su resplandor, más luminoso. Es un modelo que podría valer para la curia, pero exigiría una conversión radical y una conciencia mayor de que trabajamos

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por el Reino de Dios. El retiro cuaresmal que ha querido el papa Francisco fuera de Roma va en esa dirección. Pero en este caso se trata de un tiempo escaso y muy específico.

Se suele insistir en la búsqueda de una colegialidad mayor en el seno de la Iglesia. ¿Y cuál es el modelo de esa colegialidad sino el de los apóstoles que perseveraban juntos en la oración, con un solo corazón y una sola alma? Con frecuencia se crean instituciones, consejos y comisiones que fomenten esa colegialidad. ¿Por qué no tomamos a los apóstoles como modelo? Si queremos formar un colegio eclesial, empecemos por rezar juntos; y nos haría falta también ser constantes en el oficio divino. Cada obispo podría ponerlo en práctica en su catedral, ofreciendo el ejemplo de una vida de unidad eclesial con sus sacerdotes. Ahí está la verdadera fuente de la caridad y la unidad.

Me entristece el clima tóxico que reina en algunas asambleas de la Iglesia. La caridad ha sido sustituida por la difamación, el trabajo por el carrierismo y la alegría por la envidia. El papa Francisco califica este ambiente y esta situación con palabras muy adecuadas cuando dice que los charlatanes, esos que «hablan a chorros», son terroristas que matan con sus palabras cargadas de vulgaridad y arrogancia.

Los sacerdotes deben poseer el carisma del secreto y del silencio. Si dilapidan ese don de Dios en palabras fáciles y superficiales, la confianza del pueblo de Dios se fundirá como la nieve bajo el sol.

¿Es posible un gobierno profético de la Iglesia?

Un profeta es un intérprete de Dios. Da sentido a la historia, a los acontecimientos y a la política de acuerdo con los planes divinos. El profeta solo es un canal: es la boca y los ojos de

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Dios, pero debe hacerse a un lado y desaparecer envolviéndose en la palabra y la presencia de Dios.

Los hombres de Iglesia tienen que ser auténticos profetas. Un profeta no comunica sus propias palabras. Comunica a Dios. Las palabras de los falsos profetas son mentirosas. Nos acarician, pero son como un veneno mortal. Oscurecen el camino y nos sacan de él. El papa, el obispo y el sacerdote no deben hablar en su propio nombre, sino ser únicamente la voz y la presencia de Dios.

Hoy hay falsos profetas que intentan hechizar y adormecer al pueblo de Dios diluyendo el Evangelio con un lenguaje ambiguo y confuso que amenaza con desalar nuestra fe para lograr la benévola atención del mundo. Un gran escritor, Paul Claudel, dijo con agudeza: «El Evangelio es la sal. Algunos lo han hecho azúcar». A fuerza de querer conciliarlo todo, nos hemos vuelto insípidos, perdemos la fuerza corrosiva de la sal del Evangelio en nuestra vida. Si para evitar las dificultades inherentes al testimonio de nuestra fe sacrificamos la verdad, entonces el cristiano pierde su sal: no sirve para nada. Si el cristiano, como los camaleones, se adapta al color del medio, deja de ser signo tangible del Reino de Dios. No obstante, a lo que estamos llamados es a sazonar nuestra época con un testimonio claro y sólido de nuestra fe católica. Esa es la principal responsabilidad que les incumbe a todos los cristianos, y en especial a los obispos y sacerdotes.

Hoy hay falsos profetas que, por razones ideológicas, para complacer a los hombres o para aumentar el atractivo de la Iglesia, falsifican la palabra de Dios. A ellos les dice Jeremías: «Los profetas profetizan mentira en mi Nombre» (Jr 14, 14).

Tras la reciente canonización del papa san Pablo VI, ¿no sería oportuno meditar el ejemplo de este papa profético? Con la publicación de la encíclica Humanae vitae por un lado y del

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Credo del pueblo de Dios por otro, Pablo VI nos ha ofrecido el ejemplo de un gobierno profético, a contracorriente de las tendencias y las presiones.

¿Cree usted que el ejemplo del retiro de Benedicto XVI en su monasterio es un mensaje para toda la Iglesia?

En un mundo en el que Dios ya no cuenta, en el que lo espiritual ha descendido al nivel de la filosofía del bienestar, Benedicto XVI es un modelo extraordinario. Nos muestra que Dios se merece todo nuestro amor, todo nuestro tiempo, que la oración es la principal actividad del hombre. El silencio es la puerta que nos da acceso a Dios y nos permite encontrarlo.

Benedicto XVI no deja de recordarnos el valor superior de las cosas del cielo. Dice que Dios merece que se lo demos todo. Por eso ha elegido pasar los últimos días de su vida en la tierra envuelto en el silencio, la oración, la lectura y la meditación de la palabra de Dios. Encabeza el inmenso cortejo de contemplativos que cargan misteriosamente con el mundo. El papa emérito contrapone la contemplación y la oración a las pequeñas ambiciones terrenales. Es un testigo humilde del absoluto divino: ¡solo Dios basta!

vía:

archive.org

jhr

"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, el que cree en mí, vivirá para siempre."

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