La Misa, centro de la vida cristiana

EN EL TEMPLO

La Misa va a comenzar. La Iglesia, Esposa de Cristo, nos ha convocado, y nosotros hemos venido al templo, que es la casa de Dios, nuestro Padre, y, por consiguiente casa nuestra.

Nos hallamos, unos en la impresionante basílica centenaria, cuyos muros son silenciosos, pero elocuentes testigos de la fe y del amor a Dios de nuestros antepasados; otros, en el sobrio templo de la gran ciudad, que, con líneas audazmente revolucionarias, aspira a cantar la eterna juventud de Dios. Unos pocos, en la modesta ermita de una pequeña aldea medio perdida entre las montañas, en cuya restauración, quizá, un sacerdote celoso consumió buena parte de su vida. Algunos más, en un pequeño oratorio que, como la sal, pasa inadvertido entre el colmenar de los rascacielos; o en un claro del bosque, ante un altar improvisado bajo la cúpula del cielo. Todos, sin embargo, unidos por la consciencia común de ser – a pesar de nuestra falta de méritos – miembros del pueblo de Dios que peregrina hacia la casa del Padre, para llegar a la cual necesita del alimento de la Eucaristía.

Al encuentro de Dios.

Los liturgistas nos enseñan que la Misa es una asamblea, una reunión o congregación del pueblo de Dios, presidida por el sacerdote, para celebrar el memorial del Señor. lo que vamos a festejar es el triunfo de la Vida sobre la muerte; triunfo que nos trasladó de las tinieblas a la luz, nos introdujo en la amistad de Dios, y nos devolvió la perdida herencia del cielo.

No nos sorprendemos mucho al comprobar que quizá hemos venido sin demasiadas ganas o con menos fervor del que nos gustaría, por estar cansados probablemente; o al advertir que nuestra frecuente asistencia a Misa no está del todo exenta de la cizaña de la rutina, esa terrible plaga capaz de minimizarlo todo.

Con todo, estamos llenos de esperanza, sabedores de que participando en el sacrificio de Cristo sacramentalmente renovado en el altar, vamos a hallar la paz y el optimismo que tanto necesitamos, así como la moral de victoria y la fortaleza de ánimo que nos permitan volver a la lucha, hasta que, por fin, encontremos el eterno descanso en la plenitud de la alegría.

«Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré.»

Como en el Cenáculo.

Por muy diferente que la gran basílica pueda ser del pequeño oratorio, tanto en aquella como en éste hallaremos siempre las mismas cosas que en el Cenáculo de Jerusalén, cuando Jesús celebró su última Pascua en la tierra: una mesa, unos manteles, algunos utensilios de los que se usan en las comidas, vino, agua y pan de trigo ázimo. Y es muy comprensible que así sea, ya que lo que va a tener lugar aquí es la repetición de lo que allí aconteció. Aunque, evidentemente, haya cambiado con el paso del tiempo el aspecto externo de esas cosas, por haber cambiado igualmente las circunstancias, la mentalidad y los gustos de las personas; cosa que con toda seguridad, el mismo Jesús, previó, encargando a su amadísima Esposa la Iglesia la tarea de disponer en cada época y lugar la mejor forma de celebrar el banquete sagrado. Forma que no puede ser la misma que la de una comida cualquiera, porque la Misa, siendo una comida, no lo es como las demás, sino una comida especial, ritual y sagrada, en la que se renueva el sacrificio mismo del Calvario, maravilla esta que ha de quedar bien patente ante los ojos de los hombres por medio de signos externos, como las vestiduras sagradas, la decoración del templo, etc.

Por amor al Esposo, y buscando el modo más eficaz de llevar a los hombres hacia Dios, la Iglesia procuró siempre con especial interés que los objetos sagrados sirvieran al esplendor del culto con dignidad y belleza. Por esa razón aceptó los cambios de ornato, estilo y materiales que el progreso introdujo con el paso de los siglos, y fue en todo momento amiga de las bellas artes, buscando constantemente su noble servicio para que las cosas destinadas al culto sagrado fueran de verdad dignas, decorosas y bellas, signos y símbolos de las realidades celestiales, pero «persiguiendo más una noble belleza que la mera suntuosidad» [Cfr. Const. Sacrosanctum Concilium, núms. 122-124]

jhr

"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, el que cree en mí, vivirá para siempre."

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